Historia de un viaje

Lo mostrado a continuación es un texto escrito como respuesta a la consigna de una clase de un seminario virtual que estoy llevando. Si bien por ahora no mencionaré mayor detalle, sí es mi intención, más adelante, publicar los textos escritos para este seminario y otros de manera estructurada e incluso ampliados en este blog.


Me despierto a las 6:20 a.m. y me doy cuenta de que se me ha hecho relativamente tarde. No tanto, en realidad. Mi meta es estar en el paradero alrededor de las 7:00 a.m. o antes. Sin mucha energía, salgo de mi cama y trato de ordenar mis ideas: cambiarme, desayunar, asearme, alistarme y salir. Hecho esto de alguna manera, me despido de mi madre, que siempre está despierta desde temprano para preparar los desayunos de quienes pronto vamos a salir. En este periodo de mi vida, soy yo quien se va primero […] Le doy un abrazo y beso a mi madre pensando en que mi vida sería muy difícil si no contara con su apoyo.

Me dirijo caminando al paradero, que está a dos cuadras, si se puede decir. Mientras camino, noto que aún hace un frío ácido en las mañanas, a pesar de que ya estamos mediando la primavera. Son las 7:05 a.m. y estoy en el paradero: no cumplí mi meta, pero calculo que igual llegaré a tiempo, aunque un poco ajustado. Pasan combis de la línea 505, pero no las tomo. Son sumamente incómodas, especialmente las de techo bajo (en teoría, no es para personas de pie, pero igual se suben y viajan curvadas, irrumpiendo de cierta forma esa distancia prudencial que se espera tener entre la gente), y a esa hora ya empiezan a llegar llenas o casi llenas. He salido muy tarde; debía estar antes de las 7:00. A veces, en cuestión de minutos cambia el destino del congestionamiento de personas y vehículos en Lima.

Aun así, me aferro a esperar un bus llamado Machu Pichu (sí, Machu “Pichu”, sin la doble c en Picchu), que realiza, en un tramo determinado, el mismo recorrido de la 505, y me deja, incluso, al solo cruce de una sección de una avenida para ingresar a la estación de tren La Cultura, donde muchas veces, por el comportamiento de los tumultos, el nombre se vuelve una ironía. (Y es también irónico que la 505 cobre S/ 2.00 por un tramo más corto y en vehículos sumamente destartalados y la Machu Pichu, también conocida como “El Chorrillano” -une el distrito de Chorillos con Carabayllo, un recorrido considerable-, cobre S/ 1.50 la mayoría de veces -aunque ya subieron precios, al parecer- por avanzar más, y con vehículos que están más nuevos y con un mejor nivel de cuidado. De hecho, se puede pensar que esto es más probable, ya que los vehículos grandes suelen tener, en promedio, tarifas más bajas por espacio recorrido. Aun así, si no es un servicio organizado por el Estado, estamos a merced del “criterio” de cobradores y choferes-cobradores sobre cuánto deben obtener de nuestros bolsillos. Con solo contarte del abuso que se ha cometido desde tiempos inmemoriales con el cobro del pasaje universitario, pero no es algo que tocaré aquí.)

Menos mal que puedo tomar un Machu Pichu a las 7:09 a.m., 4 minutos de espera desde que llegue. Por algún motivo, cuando esperas transporte, un minuto suele multiplicarse por 5: es como si hubiera esperado 20 para mi percepción. El chofer-cobrador me cobra S/ 1.50 y, afortunadamente, queda un último asiento libre. Ahora, se viene un viaje de entre 40 a 50 minutos hasta llegar a la estación del tren, dependiendo de la cantidad de personas que vayan subiendo y bajando y del congestionamiento limeño.

En este primer tramo en vehículo, atravieso cinco distritos: Pueblo Libre, Jesús María, Lince, La Victoria y San Borja. La congestión suele presentarse cerca de las fronteras entre distritos, pero se siente principalmente entre Lince y La Victoria. (Como un dato aparte, La Victoria tiene zonas que están entre las más peligrosas de Lima, así que hay que ir con buen cuidado.) Durante el camino, intento pasar el tiempo viendo el celular y, como suele pasarme, me engancho con las noticias y reportajes de BBC Mundo, pero llega un momento en que se me cierran los ojos y aprovecho para tomar una siesta (en realidad, una semi-siesta; no es tan sencillo dormir “de verdad” en uno de estos viajes). Abro los ojos y noto que seguimos estancados a dos cuadras de la Vía Expresa (que a ciertas horas del día de expresa no tiene nada), para pasar de Lince a La Victoria. Cierro los ojos de nuevo y, un rato después, percibo que empezamos a avanzar y que, finalmente, hemos dejado Lince atrás.

Esta ya es la última fase del viaje en bus. Es continuar por la Av. Canadá y dar la vuelta a la derecha en la Av. Aviación, y la estación del tren queda a un paso. Bajo del bus en la esquina del cruce de las avenidas Aviación y Javier Prado (otro monstruo en horas punta), cruzo la pista y voy hacia una de las maquinitas a cargar mi tarjeta. En la fila, espero que el bendito aparato funcione correctamente cuando toque mi turno, ya que a veces se traba y empieza a rechazar toda moneda que uno ingrese. No es el caso, felizmente, y puedo recargar mi tarjeta. Ingreso, subo la escalera eléctrica a mi izquierda y llego a la plataforma de espera. Ya sé cómo va a venir el tren: repleto. Es una época en que todavía no se han hecho ampliaciones de capacidad, así que hay que sufrir día a día los amontonamientos (bueno, ya en épocas más actuales, se sufre, pero menos).

Son las 8:01 a.m. y llega el tren. Por suerte, encuentro cierto espacio para ubicarme al entrar por la compuerta donde decidí (o me tocó) subir. Ahí estoy, apoyándome en la misma puerta desde dentro, ya que no hay lugar a dónde avanzar. Percibo un cierto olor a pescado: hay personas que trasladan ciertas mercancías e impregnan el lugar. En la actualidad, ya se ha puesto un medidor de peso antes de ingresar a la estación: hay restricciones respecto de cuánto llevar (y también las hay respecto de qué, pero debo pensar que el pescado está permitido). Espero que la mañana esté tranquila y no se generen broncas al interior de los vagones por el amontonamiento y la incomodidad extrema. De un tiempo a esta parte he solido pensar que la manera como se usa el tren eléctrico es una medida del nivel de educación en nuestra ciudad.

Esto no ocurre y, tres estaciones más adelante, bastante gente ya se baja. Esa estación se llama Miguel Grau, y está en el Centro de Lima, a donde mucha gente se dirige por múltiples motivos. A mí, todavía me falta recorrer siete estaciones más. He hecho tantas veces la ruta de ida y vuelta que creo que no podría olvidar los nombres y el orden de las estaciones. Mi ida es así: La Cultura (San Borja), Arriola (La Victoria), Gamarra, Grau (Cercado de Lima), El Ángel (El Agustino), Presbítero Maestro, Caja de Agua (San Juan de Lurigancho), Pirámide del Sol, Los Jardines, Los Postes y San Carlos. Este recorrido me toma entre 23 a 25 minutos, que es más o menos estándar.

Esta vez, se trató de 23 minutos y bajé del tren a las 8:24 a.m. Finalmente, he llegado… a mi estación de destino, perteneciente al distrito de San Juan de Lurigancho (el más grande de Lima), pero el camino aún no termina. Ahora sé que no voy a llegar temprano a mi trabajo. He calculado el tiempo que me toma caminar de San Carlos a la empresa donde desempeño mis labores, y va de 10 a 12 minutos a una velocidad normal. Mi inicio es a las 8:30 a.m. Ya qué importa. En realidad, podría tomar una moto-taxi, que abundan en las afueras de la estación, pero no quiero hacer ese pago adicional. No deseo colocar más dinero en el sistema general de transporte (que en realidad está compuesto de varios subsistemas, administrados por entidades distintas… o sin administración). Es como si este sistema general se encarnara en un opresor capitalista que te mira, te señala y, con una sonrisa sarcástica, te dice: “Si me da la gana te voy a perjudicar. Para que te puedas salvar, debes sangrar más plata. ¡Ja ja ja!”.

Siempre al salir de San Carlos y entrar nuevamente a la jungla, observo una masa extensa de gente que se apresta a ingresar para dirigirse hacia sus actividades diarias, haciendo una incómoda fila mientras van ingresando por grupos, ya que no se puede rebasar la capacidad de la estación. Por supuesto, hay vigilantes que intentan controlar el ingreso. Por mi parte, ya desde que estoy saliendo, empiezo a sentir el bullicio. Una impertinencia insostenible que contribuye a debilitar aún más el espíritu luego de un viaje (o conjunto de subviajes) tan largo. Al menos en ese cruce, donde está la estación, la contaminación sonora y el caos vehicular son mayúsculos. Aquí ya no caben dignidades: debes avanzar como puedas siempre cuidando de tu persona.

Paso el cruce y camino por la larga cuadra que se extiende sobre la Av. Próceres de la Independencia, donde hay diversos negocios que aún no se abren, pero que luego lo harán y operarán hasta la noche. Llego a la esquina y doblo a la derecha, en la calle Los Ciruelos. Allí, me falta solo caminar unas tres cuadras para llegar a mi destino. Es ya una zona industrial. Llego 8:34 a.m., a tiempo. ¿Cómo que a tiempo? Si bien llegué cuatro minutos tarde, por política de la empresa, si se excede los cinco minutos, al trabajador se le impide el ingreso. Si calculo que salí de casa a las 7:02 a.m. y he llegado al trabajo a las 8:34 a.m., he hecho un tiempo de una hora con 32 minutos de ida. Me espera una larga jornada en la empresa y, por la noche, el retorno a casa, en donde el peor tráfico de los distritos por los que paso se hace sentir en mayor medida. Y es que mis retornos suelen bordear e incluso superar las dos horas.

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Ya no me encuentro trabajando en esa empresa por diversos motivos, uno de los cuales (aunque no de los principales, increíblemente) es el tiempo perdido en el día viajando, de lunes a sábado, y lo desgastante que es, además, hacerlo. Sobre todo, en medio del caos limeño.

Imagino lo que es para otros ciudadanos y ciudadanas una situación similar. O incluso peor.

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