Gracias, gente de Venezuela

Ayer presencié una situación muy interesante. Sin embargo, antes que nada, un poco de contexto. Perú es un país donde, sobre todo en su capital, que es Lima, el transporte público en buses y microbuses de empresas transportistas privadas, aparte del pésimo servicio de cobranza de pasajes que ofrece, hay otro “servicio” que está presente en casi todos los viajes: el peruano o peruana que sube a vender productos o a presentar algún número artístico a cambio de monedas.

En el primer caso, a veces, esta persona sube en representación de alguna empresa para vender sus productos -en cuyo caso el ofrecimiento es directo, sin mediar discurso- y, otras veces, por iniciativa independiente. Quiero enfocarme en esta segunda modalidad. Es de lo más común que esta persona, antes de ofrecer su producto, brinde unas palabras relacionadas con alguno (o combinación) de los siguientes tópicos:

  • El padecimiento de una enfermedad, personal o por parte de un familiar
  • El pago de estudios escolares o universitarios, personales o de un familiar
  • La subsistencia de su familia
  • La dificultad económica para regresar a casa en otra ciudad
  • La rehabilitación luego de un periodo de alcohol o drogas
  • La reinserción social luego de un periodo en la cárcel y delincuencia
  • El duro y discriminatorio mercado laboral y el desempleo
  • Algún mensaje político o religioso

Estos discursos pueden durar un tiempo corto, medio o largo; la persona puede estar calmada, otras veces molesta, otras triste; y el estilo casi siempre tiene una elaboración detrás (con el paso de las experiencias, además, notas semejanzas en las maneras de hablar y las palabras usadas, lo que hace parecer que hay una especie de manual del que se guían, o consejos populares que siguen). Algunas veces, también, se mezcla un número artístico con la venta de algún producto.

Si bien no me quiero extender más en estos detalles, sí quiero resaltar (sobre todo para personas extranjeras que visiten Perú) que no todos estos vendedores ambulantes muestran una imagen leal de sí mismos. No confíes en las lágrimas que puedas observar en sus rostros, ni creas en las historias superelaboradas que te cuentan. En específico: no necesariamente todo lo que presencias es cierto. Es decir, algunas personas pueden ser “reales” y otras no. A estas alturas de mi vida, ya no me trago el cuento. Yo mismo he visto a tipos faltar el respeto descaradamente a pasajeros por un motivo u otro, o me han contado que han intentado robar cuando ya se bajaban del transporte. Ciertamente, por culpa de algunos, todos se manchan y es motivo de preocupación. Sin embargo, excluyo de la crítica implícita en esta publicación a las peruanas y peruanos de corazón noble en su actividad.

Con cada “visita”, se genera un ambiente algo tenso en el viaje. A veces, hay un discurso largo y dolido para mover los sentimientos de la gente, un sufrimiento vívido que llega a ti y te hace cuestionar muchas cosas sobre la sociedad en que vives. Esa persona vende algunas unidades de su producto y se baja. Pero a la siguiente cuadra sube otra, y luego otra, y luego otra. Si ayudaste a uno, ya no ayudas a los demás, y hay sentimiento de culpa. Si no ayudaste a los primeros, el sentimiento de culpa hace que ayudes al que siga. Si no te importa que tus pasajes no te cuesten 1 sol, sino que terminen costándote 4 o 5 soles en cada viaje por tu “caridad”, entonces no te harás problemas. Pero otras personas no podemos -ni deseamos, y no me sentiré culpable por esto- estar gastando constantemente en esas compras. Hay muchos factores en discusión como para hacer una reflexión completa al respecto y aclarar mejor este último punto, pero esta publicación no será repositorio de ella.

Sí deseo llamar la atención de cómo ha cambiado el panorama de esta venta ambulatoria en el transporte público (y en general en realidad) a raíz de la intensa migración venezolana que hemos recibido. A estas fechas, la cantidad de población venezolana que ingresa al Perú se cuenta por miles diarios y ya se ha superado ampliamente la cantidad de 300 mil [1]. Si bien no pretendo intentar hacer un análisis económico del impacto de este movimiento en Perú, sí deseo presentar una visión desde mi experiencia, desde lo que he observado.

Seré breve. Por todo lugar, al menos en Lima, se muestran personas venezolanas trabajando como auxiliar o asistente para otras personas en diversos negocios, o haciéndolo por su propia cuenta en la venta de productos para subsistencia y envío de dinero a sus familiares en Venezuela. La cantidad de peruanos y peruanas que ya no se ven en puestos de trabajo equivalentes, de manera formal o informal, es grande y en crecimiento; y lo digo únicamente como descripción de una realidad palpable, no como un tonto llamado al “nacionalismo”. Estos movimientos se deben a diversos factores que no expondré aquí. Tan solo haré una mención a cómo ha cambiado la cara de la atención que se recibe ante la mayor presencia de población venezolana en posiciones, justamente, de interacción con el público (sin que ello implique que no haya peruanos y peruanas que otorgan una excelente atención).

En ese sentido, vuelvo a la experiencia que presencié ayer. Volvía a casa en bus en un largo viaje y, entre distintos vendedores que subieron, lo hizo un venezolano. Su manera de presentarse a sí mismo fue honrar la sonrisa, el acto de sonreír, y su potencia para cambiar estados de ánimo e incluso de pensamientos hacia lo positivo. Luego, dijo que regalaría caramelos a quienes respondieran sus preguntas, que fueron todas graciosamente capciosas más una en que le mandó su “chiquita” a Maduro. Y, efectivamente, ¡regaló los caramelos a quienes respondieron! ¡Y no fueron pocos! Uno se pregunta, siendo los caramelos un producto que otros venden, por lo que regalarlos así podría ser un verdadero lujo, ¿cómo puede haber llegado este joven a la conclusión de que esa era la estrategia que debía usar, considerando la precariedad de la actividad (lo cual no se relaciona con la naturaleza honrada de todo trabajo)? Finalmente, pasó a ofrecer su producto principal, que eran unas trufas en forma de bombitas de almendra o de coco. Y realizó varias ventas.

¿Cuál habrá sido su balance del día? ¿El equilibrio entre el regalo de caramelos y la venta de las trufitas estará dando los resultados esperados? ¿Cómo se sentirá cuando, luego del número presentado con los caramelos, no logra vender las trufas en un bus? ¿Le pasará seguido? Así como subió, así se fue, no sin desear una buena noche y con un excelente ánimo. Más adelante, subió otro venezolano, quien no logró vender nada, pero aún así agradeció sinceramente y deseó buenas noches.

Esa actitud, esas formas, no son tan comunes en Lima Gris. Aquí, por lo general, actúas con cierto nivel de desconfianza, ya que hay mucho respeto por conveniencia, y lo aprendes en la medida que vives. No todas las personas venezolanas que han ingresado a Perú son para bien, por supuesto [2] (y claro, si hablamos de más de 300 mil, ¿cuál sería la probabilidad de que ello ocurra?), pero la imagen que han traído a nuestro país, en general (excluyendo los casos negativos), es una que nos ha pateado en el trasero a los peruanos, tan individualistas, y muchas veces con tanta soberbia, en lo que hacemos.

Yo les agradezco, venezolanos y venezolanas, por habernos dado una muestra de lo que es tener una excelente convivencia ciudadana; por toda la amabilidad con la que entregan su trato en cualquier ocasión, y su más que clásico y agradable “a su orden”; su humildad de carácter, siempre respetuosos, por principio, del lugar en que se encuentran; su perseverancia en su lucha y reclamarle más a sus gobernantes que a sus jugadores de fútbol; por hacer que esta Lima sea un poco menos gris. Y les pido perdón por los malos tratos que han recibido aquí, en Perú (aunque pienso principalmente en Lima), por personas que más les valiera estar encadenadas dentro del océano, pero con la cabeza afuera, que andar sueltas por allí haciéndose pasar por gente decente. Ahora saben que, contrario a lo que he visto en varios videos de sus compatriotas en Youtube, este lugar (Lima; no me referiré al Perú en general) podría no ser tan bonita para estar.

Yo, y muchos peruanos y peruanas, les agradecemos su confianza por haber elegido nuestro país y espero que puedan alcanzar aquello a lo que aspiran.

Saludos fraternos, saludos sudamericanos.


Notas.
Los enlaces incluidos en el texto estuvieron vigentes a la fecha de su publicación.
Si bien el trabajo infantil es parte de la problemática, es un tema que excluyo de esta discusión.
Hay un conjunto de categorías de razones por las cuales los venezolanos y venezolanas están migrando masivamente. En las ciudades donde llegan e intentan establecerse, buscan ganarse la vida y apoyar a sus familiares con las facilidades que el país les pueda brindar. En esta publicación, me he querido enfocar en formas de ser y actuar, y no en comparaciones de capacidades técnicas e intelectuales (lo cual sería un absurdo), ni en trayectorias de vida.

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