Máncora

Al día siguiente, hicimos una rutina similar para ir más lejos hacia el norte. Esta vez, la primera parada fue la playa de Máncora, distrito de la provincia de Talara, perteneciente al Departamento de Piura. Después del desayuno, fuimos al paradero de furgonetas que nos indicaron y tomamos una hacia nuestro destino. Una vez allí, noté que la diferencia respecto de Colán era notoria: en Máncora, la playa estaba llena de gente y el movimiento era marcadamente mayor, lo cual no fue ninguna sorpresa. Máncora es “el point” al norte del Perú, donde van muchos bañistas, turistas y viajeros en general.

2Diversos bares-restaurantes daban a la playa, donde podías ingerir algún aperitivo o trago cuando quisieras. Mi padre y yo decidimos entrar a uno a tomar una cerveza y, luego, aprovechar el momento para un almuerzo temprano. Recuerdo que, si bien estuvo muy bueno, tardaron una eternidad en servirnos.

Luego, nos acercamos a la orilla a tocar el mar. Nada tan especial, en realidad, muy aparte del hecho de que las olas de Máncora llegan a resultar muy atractivas para surfistas. Sinceramente, siempre me he sentido repelido por esa cultura del “soy cool porque me voy a Máncora, ¿manyas?”. Esos pseudo-elitismos donde el ego esnob permea cada centímetro cúbico del aire inhalado y exhalado tan solo son algo de lo que me mantengo a distancia, ya que soy alguien que busca rodearse de experiencias de riqueza vivencial real. Aun así, llegará el día en que visite aquella playa con mayor detenimiento por un deseo de mayor conocimiento del lugar, tanto de día como de noche, al ser un punto turístico importante de mi país.

Finalmente, decidimos pasarnos a Vichayito.


A él lo contrataron para que inaugure la jefatura de operaciones de la empresa como su jefe. Llegó solo y asignaron a un compañero a su área, poco después, para el soporte en el aspecto más técnico y operativo, quien ya tenía amplia experiencia en el negocio. Inicialmente, lo ubicaron en un espacio de la oficina general que no estaba en mi rango de visión, una esquina pegada a una ventana y a una oficina que aún no había sido ocupada. 

Como parte de mi labor, debía darle la inducción en gestión por procesos según como se venía trabajando en la empresa. Quedamos reunirnos en un determinado momento y, cuando estuve con él, noté algo diferente: su actitud. Esta persona no era una boca más, un blablablá, sino un tipo humilde, con ganas de formar equipo y aprender del negocio, de aportar, que le daba cabida a lo que le estaba transmitiendo y deseaba ser parte de ello. Fue allí que me di cuenta de que mi vida en la organización iba a comenzar a ser diferente, ya que bastó esa conversación para saber que él no solo sería un excelente aliado, sino también un amigo. Su nombre es Mayck y, hasta el día de hoy, hemos vivido para contar grandes y muy divertidas anécdotas. Y el camino continúa.

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