Colán

Llegamos. Buscamos salir al mar; la idea era recorrer gran parte de la bahía. El litoral de Colán se compone de cabañas y pequeños hospedajes que dan a la playa, desde los cuales la arena se encuentra tan solo al salir de la puerta y, el mar, unos pasos más allá. Detrás de esta línea de construcciones, se extiende una calle en un doble sentido no señalizado sin asfaltar llamada La Costanera, la cual cubre casi toda la extensión de la playa. Cruzando La Costanera aparece otra línea, donde encontramos otros hospedajes, entradas de calle y, seguramente, viviendas. Asimismo, diversos restaurantes donde puedes detenerte a almorzar o comer algo, como hicimos posteriormente.

90 [b]Empezamos a caminar al borde del mar en dirección sur, tratando de hallar un espacio más abierto donde poder disfrutar del mar; es decir, una superficie más amplia de arena. Una vez que lo hicimos, tan solo seguimos andando creyendo que, si escogíamos un lugar para establecernos, incomodaríamos a las personas de la edificación de al frente, como si ese fuese su espacio de playa. Una preocupación insulsa, dado que una playa es siempre pública en Perú. Además, muy pocas personas había disfrutando para tan amplio terreno playero.

89 [b]Es decir, la experiencia de vivir la arena y el mar bajo un sol esplendoroso en un cálido atardecer, sin otras personas que puedan distraer de alguna manera tu atención -tomando en cuenta la vivencia de playas abarrotadas-, es reconfortante al espíritu. Decidimos detenernos en algún punto y bañarnos por turnos.

Experimentar ese mar, en la plenitud de su tranquilidad y relajantes olas, una temperatura templada refrescante y suficientemente despojada de arena y espuma, fue realmente uno de los momentos más reconfortantes de mi año, un año en que pasé por frustraciones y ansiedades por diversos motivos, y en especial una época en la cual me estaba costando bastante el vivir con esa sensación auto-impuesta de inferioridad frente a la posibilidad de siquiera entablar amistad con aquella colega que tanto llamaba mi atención y en tan diversas maneras.

Recién luego nos retiramos a almorzar, cuando el sol ya había amainado y el estómago imploraba. En cuanto a lo que pedí, quise seguir la recomendación de un amigo del trabajo, Ricardo, y pedí lo que creo recordar era un seco de chavelo. No lo disfruté tanto aquella vez, ya que el sabor principal se me hizo soso. Sin embargo, espero volver a probar este plato a futuro y en un mejor lugar. Finalmente, tomamos una furgoneta que nos devolvió a Piura.

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Ella se llamaba…

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Sí, es lo que está escrito.

Su nombre quedará grabado por siempre en mi ser, dado todo lo que llegué a sentir por ella. Si bien en ese último periodo del año (2013) el ambiente entre nosotros no era tan bueno, en definitiva hubo momentos mágicos que difícilmente podré olvidar. Como cuando le regalé un gatito gordo marrón de peluche un tiempo después de que ella, en una dulce reacción en la cual me pidió justamente un gatito -sin esperar que realmente lo haría- al ver que había regalado un ericito a otra colega por su cumpleaños, un día me aparecí en su escritorio y le entregué el presente, ante lo cual recibí su grata sorpresa. Y ella misma contaba el hecho de manera graciosa a otras personas. 

O como cuando, un día al finalizar un almuerzo en el comedor de la oficina, ella, yo y una o dos chicas más que se quedaron un rato adicional para la sobremesa, durante nuestra amena conversación, ella imitó, tiernamente amena, una forma de pararme que yo había tenido en una tonta reunión general que debía sostenerse todas las mañanas.

O como cuando, sabiendo que ella estaba muy interesada en aprender en inglés, por lo cual, junto con otra compañera, estaba aprovechando un apoyo económico de la empresa para recibir clases ciertos días de la semana en una sala de la oficina con un (insufrible) joven profesor visitante, decidí regalarle algo que siempre había querido tener para mí: el Longman Dictionary of Contemporary English en su versión más avanzada, un tremendo documento cuya versión en línea fue fundamental para mi propio aprendizaje. Ella lo apreció bastante en ese momento. Espero que le haya sido tan útil como a mí o más.  

O como cuando, en otra sobremesa en la cual únicamente quedamos ella y yo, el tiempo simplemente se detuvo mientras conversábamos de mil cosas con una confianza típica de una gran amistad, aunque todavía no existía una entre ambos. Y el tiempo tan solo pasó hasta que llegó el momento de integrarnos de nuevo a nuestras labores, que ya habían continuado hacía buen tramo ese día.

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