Rajuntay, parte 2. Amplitudes

La laguna refleja las montañas. Allí, donde el azul marino es más intenso. Es como un arco iris aquello que vemos. Se dibujan colores en los ojos.

Es difícil procesar el nivel de belleza que vibra ante los ojos por estos lugares. Por este tipo de lugares. Llegar a apreciar tamaña magnitud, si tal empresa es posible, requeriría horas de contemplación. Y es que no solo se trata de mirar, sino de absorber. No estamos preparados para tal empresa.

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43El Rajuntay sigue en pie; es hora de continuar camino. El grupo ya se encuentra disperso. El entusiasmo en Benja y yo por la ruta es grande. Vamos haciendo nuestro propio camino según lo que nuestro criterio, formado con base en experiencia, nos dice. Atravesamos lomas y lomas. El suelo es como de un rojo oscuro, y se extiende por interminables praderas.

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Algunos están ya bastante adelante: tomaron menores tiempos de parada, como en la laguna. Por nuestra parte, empezábamos a sentir hambre. Chocolate llevé aquella vez, y ciertamente lo disfruté. Cada quien, en cierto momento, individualmente o en grupo, ya hace su vida en la montaña. Algunos tan solo buscamos… solitud, reflexión, aire diferente, sí, aire de montaña.

Las formaciones que se dan son siempre un espectáculo. Por ejemplo, observa esta superficie de colores intercalados por aquello que ha llegado a estar allí, solo por cuestiones de naturaleza:

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Es un aleatorio, ¿entiendes? Tú no sabes que eso va a estar allí, ¿o sí? Justamente, esa es la mejor representación de la vida. ¿Qué más querrías sino vivir para encontrarte con aquello, lo aquello? En fin, es hora de bajar ciertas lomas. Hacerlo con precaución, ya que la tierra está resbaladiza y la pendiente es alta.

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Uno de mis paisaje favoritos.

Sigamos. Avancemos hasta dicho punto, que es el más alto de la caminata. Después, todo es bajada. Un tipo casi siempre negativo se aparece y lanza sus comentarios negativos. Qué más da, que reniegue solo. No mencionaré su nombre.

49Una foto tiene que ser, quizá mientras como algo. O no. Largo camino. (En la actualidad y ya desde hace largo tiempo, la chalina no es uno de mis implementos de montaña. Me encontraba, y me encuentro siempre, en aprendizaje.) Volteas un poco la cara y ves la panorámica. Respiras ese aire, que no es solo aquello que te permite vivir, sino aquello que te da vida, si entiendes lo que te quiero decir. Cierras los ojos, inhalas, los vuelves a abrir, exhalas. Es hora de seguir adelante.

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Seguimos avanzando y nos cruzamos con otra lagunita de por allí:

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Recalco, el grupo está bastante disperso. Cada quien ya se inventa el camino. Un apoyo podía ser quien ya estaba delante y ves a lo lejos por dónde pasó, o dónde se metió. Otro, aplicar descarte. Llegamos a un lugar de bajada que desemboca en una inmensa pampa. Hacia allí bajamos y ya empezaba a sentir los estragos del cansancio y hambre.

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Pero no te detienes, ya que hay un punto por alcanzar, ¿verdad? Sigues avanzando y superas el percance. Tu mente le indica a tu cuerpo que hay que resistir y seguir. Ya nos habíamos encontrado con otros viajeros. Luego de algunas dudas sobre el camino, seguimos adelante.

Una subida más y una bajada, según recuerdo. Veíamos la carretera de lejos ya. ¿Hacia allá tenemos que ir? Lo digo porque no es el lugar de inicio (según había mencionado en Rajuntay, parte 1, la vuelta al Rajuntay no necesariamente es al 100%). Aún quedaba un amplio espacio por recorrer. El cielo estaba despejado.

Finalmente, quedaba la última trepada. Una amiga de ese entonces, quien ya se encontraba al lado de los carros, daba ánimos desde arriba, una barra que hubiera preferido no hiciera. Ahora me tocaba a mí descansar y esperar por quienes aún estaban retrasados.

Empezamos a llenar los carros hasta que, entre quienes iban llegando, apareció Shengxiang. Una anécdota muy graciosa fue que, desde el microbús donde nos encontrábamos, un par de personas que lo conocían lo llamaban con entusiasmo para que también subiera allí. Sin embargo, cuando él pregunto si había asiento y una de esas personas le contestó que no (entiendo que recién en ese momento se enteró de que no había porque se lo comentaron), Shengxiang respondió con un seco y molesto “Entonces, ¿para qué me llaman?”, y se fue al otro carro. Entre sus amigos y amigas más cercanos ese día, quienes estábamos ubicados en la parte de atrás y observamos el acontecimiento, no nos quedó otra que lanzar una carcajada al aire. Eso es lo que hacen los amigos y amigas más cercanos: matarse de la risa. Shengxiang sí se había molestado, no obstante. Después bromeamos de eso con él. Son situaciones muy particulares que se dan en el cotidiano, fastidios que quedan de lado rápidamente.

En fin, emprendimos el viaje de retorno a Lima.

El cielo se mantenía despejado.

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