Testimonio. Pensamientos desde la inacción

Hay un tiempo para que las cosas acontezcan. Sobre la tierra escribo y sobre la tierra me apoyo, y me llega una mirada fija desde una imagen. Sus ojos guardan desconcierto, ira contenida y sufrimiento, mucho sufrimiento. No volveremos a estar aquí de nuevo.

Escucho una canción llamada, en traducción al español, “El hombre que no moriría”, o “El hombre que no llegaría a morir”. “¡Una y otra vez, estoy condenado a vivir!”, una de las frases más potentes. ¿Estamos condenados a vivir? No es esta una declaración depresiva. Es, simplemente, el reflejo de una desdicha que reposa sobre el periodo en que se está despierto. Miserables somos, como la tierra donde escribo. Asimismo, bienaventurados, por poder apoyarnos sobre esa misma tierra, y por poder recibir ese sol cuyos rayos me dan a la cara en este momento al traspasar mi ventana, y porque hay tanto por hacer. La acción, como bien lo establecería el Fausto de Goethe, es el principio de la existencia. La acción, aquella a través de la cual libramos la batalla infinita contra el Tiempo; nuestra única arma. ¡Dichosos somos por la acción!

Nacemos por la acción y existimos por ella. Aquí, desde esta tierra, con las manos manchadas -quizás, siempre manchadas-, pienso en un vacío, un vacío existencial. Hay un tiempo para que las cosas acontezcan, sí, pero hay un tiempo para actuar hacia ello. El vacío se prorroga sin acción, el tiempo se hace pesado, insoportable. ¿Es el Tiempo nuestro guía? ¿O es capataz? Miserables y dichosos, miserables y dichosos, quizás sea esta la grandeza de la vida. Tu acción te lleva a ser parte del mundo; tu acción, concatenada con las acciones de millones de seres y no seres. Así se mueve el mundo, así avanza. Y recalco “avanza”, porque el tiempo impide que exista el retroceso: su naturaleza (si se puede decir) es tan solo el transcurrir, y estamos ligados a ella en batalla perpetua.

Por eso, actúa y conviértete en ti mismo. La organización del mundo toma el tiempo como base y lo adapta de múltiples e infinitas maneras, y nosotros nos adaptamos a ese conjunto incontable de sistemas por un motivo u otro. Dentro de lo más simple, hay un tiempo para dormir, para comer, para trabajar y para descansar. El tiempo es una característica de la vida en general, lo cual también lo hace parte de nosotros; pero nosotros, a la vez, no somos piedra. Actuamos en ese tiempo, con ese tiempo, pero jamás lo modificamos. No podemos modificarlo: es inherente a nuestra humanidad, nuestra vida.

Hay un tiempo y es infinito. Al menos, por ahora. Tal vez algún día reflexione sobre Dios y el Tiempo, pero no será ahora. Solo diré que no hay espacio para no actuar. Muchas cosas han quedado atrás. Muchas personas que quise mucho han quedado atrás. A una de ellas recuerdo con especial afecto, pero nada puedo hacer ya, y perdóname por esta desesperanza. Solo sé que debo actuar en ese tiempo disponible, invisible e impalpable, que me observa desde cada punto y a cada instante, con semblante siempre analítico, pero con las puertas siempre abiertas (o medianamente abiertas).

Hay un tiempo para hacer que las cosas acontezcan, y ese momento no puede esperar más.

Es ahora.

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