Rúpac, parte 1. Lluvia y frío

Es un lugar que suena bastante en Lima cuando se acercan feriados largos. Se ubica en el distrito de Atavillos Bajo, en la provincia de Huaral, departamento de Lima. Es una zona arqueológica ubicada a una altura de, aproximadamente, 3600 m s. n. m., y perteneció a lo que se llama el Reino de los Atavillos. Su nombre es Rúpac y ha recibido el apelativo de “Machu Picchu limeño”. (En mi opinión, un apelativo que le queda muy grande, pero entiendo el tema del marketing.)

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Llegada a Pampas.

Era Semana Santa del año 2015. Acordé con mi amigo Shengxiang visitar la zona por primera vez. El viaje clásico es uno que incluye campamento, tanto para ver el ocaso el primer día como el colchón de nubes al día siguiente junto con el amanecer. Aquella vez, nos sumamos a la salida programada por la agencia Mundo Aventura Travel. El punto de encuentro fue el estacionamiento que está en el cruce de las avenidas Javier Prado y Paseo Parodi, desde donde dos furgonetas nos llevarían directamente hasta el pueblo de Pampas, conocido también como “Pueblo Fantasma”, último punto antes de Rúpac. El apelativo de “fantasma” responde al hecho de ser un pueblo que no siempre está habitado (al menos, en su mayor parte). Es decir, se compone de viviendas administradas por pobladores que viven principalmente en un pueblo anterior en el camino, llamado La Florida, desde donde suben para realizar determinadas labores.

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Con mi buen amigo Chiu.
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Suelo de barro.

Llegar hasta Pampas implicó un esfuerzo adicional para las furgonetas: no es un camino asfaltado ni mucho menos está la trocha aplanada. Es más, mayormente, no hay espacio para dos vehículos, por lo que puede haber dificultades cuando hay encuentros de estos viniendo desde direcciones opuestas, lo cual nos pasó más de una vez. De la misma manera, hay una última cuesta antes de ingresar al espacio que puede usarse como estacionamiento en Pampas, cuya subida se complicó porque había estado lloviendo y el suelo era puro barro. (Es más, antes de esa cuesta, bajamos de las furgonetas para que a los conductores les sea más sencillo subirla.)

La lluvia había amainado a una lleve llovizna. Mientras nos alistábamos para la caminata a Rúpac, para la que ya estábamos algo tarde, volvió a tomar fuerza la precipitación y empezamos a considerar quedarnos a dormir en algún espacio cerrado en el pueblo, y subir al día siguiente por la mañana. Sin embargo, luego de mojarnos un poco, la lluvia volvió a debilitarse y absorbimos un entusiasmo que nos impulsó a continuar con nuestro objetivo.

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Se aproxima.

Llegar hasta Rúpac me tomó unas tres horas aproximadamente. No se percibía el sol, el clima estaba nublado. El camino, un sendero visible, con barro. El grupo fue desperdigándose según los ritmos de cada quien. En mi avance, empezaba a ver cómo una masa enorme de nubes blancas que lo cubrían todo empezaba a elevarse desde las profundidades de las montañas a gran velocidad hacia lo alto. En cualquier momento, indudablemente, nos iban a cubrir, y eso aconteció. Esa masa es la que se constituiría como el colchón de nubes al siguiente amanecer, una de las vistas más espectaculares que he tenido en mi vida.

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Devorador de montañas.
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Devorador de ciudades.
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El cartel…

Sin embargo, aún estábamos en el primer día y la noche iba cayendo. La lluvia aumentaba de intensidad nuevamente conjuntamente con el frío. Llegamos hasta un cartel de bienvenida, desde donde debíamos tomar una curva hacia arriba para cortar camino; ya se estaba muy cerca de las ruinas. Nos metimos entre el barro y los matorrales hasta que salimos a la zona buscada, donde empezamos a agruparnos poco a poco. La lluvia continuaba y el frío arreciaba cada vez más. Vimos que iba a ser muy complicado armar las carpas en medio del barro y bajo ese clima, por lo que los monitores buscaron una segunda opción. En la misma zona, estaba construido una especie de refugio de madera para uso de los pobladores y, en ese mismo momento, uno de ellos estaba allí. Se le pidió que nos deje dormir al interior del refugio, pero se negó rotundamente. Luego de una larga discusión, accedió, siempre y cuando cada quien pagara una cuota de, según recuerdo, 5 soles.

Ya no iba a ser necesario armar las carpas, como sí lo había hecho otro grupo que había llegado mucho más temprano. Adentro, colocamos los colchones y colchonetas que estaban disponibles de manera que pudiéramos caber todos los presentes como ganado vacuno y allí, luego de escoger cada quien su lugar, comimos, nos tapamos como pudimos con frazadas o dentro de bolsas de dormir, y dormimos. Ronquidos insoportables de algunas personas, pero al menos era preferible a estar ahí fuera.

Al día siguiente, temprano, el espectáculo para los ojos sería impresionante.

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Reino de los Atavillos.

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