La PUCP, una mira

Pensar en mi universidad es remitirme a todo aquello que me genera seguridad, todo aquello donde sabes que puedes pisar fuerte como apoyo para estabilizarte o dar el siguiente paso. La PUCP ya estaba en mi mente mucho antes de siquiera terminar el colegio. Mi hermano y mi hermana ya habían empezado sus estudios allí mientras yo aún andaba por las aulas de mi escuela. El nombre de la PUCP rondaba cada cierto tiempo en el ambiente, y también aparecía como susurros en mi mente. Era la universidad a la que había que llegar. No concebía yo otra opción.

Mientras eres menor de edad y te encuentras en el colegio, muchas de las opiniones que formas se basan en lo dicho por personas de confianza de tu entorno más cercano, especialmente el familiar. Además de la PUCP, nombres como “la San Marcos”, “la UNI” y “la Cayetano” también resonaban, pero era “la Católica” la que tenía preponderancia. No hice yo una búsqueda de universidades. Simplemente, absorbí esa idea que resonaba en el aire y la abracé con la intuición de mi corazón. Era lo que deseaba y lo que mi mamá y mi papá más apoyaban.

En quinto de secundaria, recuerdo haber hecho una visita a la universidad con las y los alumnos de mi salón. Una vez al interior de la universidad, nos detuvimos en la esquina que se encuentra al cruzar la pista luego de ingresar por la puerta principal, y que da inicio a la vereda que conduce a la vía central, más conocida como “Tontódromo”. Alguien nos preguntó a qué carrera íbamos. En aquel tiempo, mi pasión estaba por los números y la organización, así que dije Administración, sin saber que era una carrera de Letras, cuando yo me había proyectado en Ciencias. No importó, sin embargo. No era una decisión que me iba a condicionar en ese momento. Posteriormente, sabría que Ingeniería Industrial era lo que estaba buscando.

Tenía 16 años aquella vez y, de solo ver a nuestra guía, alumna de la universidad, para las carreras de letras, quedé templado: un rápido amor platónico. No podría recordar ahora su nombre, pero por un largo tiempo sí lo recordé. Paseamos por diversos lugares de la zona del campus donde se concentra mayoritariamente la actividad de estudiantes de Letras en general. Yo, simplemente, caminaba animado pero en mi propio silencio, aunque algunas conversaciones habré tenido. Ya al despedirnos, la guía nos dio su correo y nos dijo que podíamos escribirle cuando deseáramos. ¿Puedes creer que, un par de años después, cuando ya estudiaba en Estudios Generales Ciencias, la recordé y empecé a escribirle? Nunca nos volvimos a ver, pero sí intercambiamos por un tiempo correos electrónicos largos, lo cual me satisfacía bastante no solo por ese intercambio, sino por sus palabras. Todo fue positivo en esa interacción. Llegó un momento en que dejé de escribir y la vida siguió.

Al año siguiente de terminar el colegio, hablo del 2002, sentía que necesitaba mayor preparación para rendir el examen de admisión, y mis padres me matricularon en una academia preuniversitaria, un periodo de poco más de cuatro meses que estuvo lleno de experiencias y emociones de diversa índole. Ya contaré más sobre aquellos días en una publicación posterior.

La mira estaba puesta. Sabía que mi futuro tenía que formarse en y desde la Pontificia Universidad Católica del Perú, e iba a por todas por conseguir ese objetivo.

Hasta la próxima.

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