Adriana. Momentos atemporales

Una noche, un café (o un chocolate y un jugo), un encuentro, una conversación. Un camino en los alrededores de la casa a la que aún le falta algún trabajo más para merecer el apelativo de “… de la Cultura”. Eres tú quien me encuentra y nos dirigimos a la intemperie urbana. No hay un lugar definido; sin embargo, tú tienes sed y yo hambre. Me haces un pequeño tour de los lugares donde podemos dejar nuestra huella. El que nos acogió el día anterior nos falló esta vez, pero pronto encontramos otro destino. Vamos al segundo piso y, luego de poco tiempo, experimento por mí mismo que tus recomendaciones fueron fantásticas.

Y hablamos, de una cosa o de otra. Aspectos del mundo entero en tan solo unas pocas palabras. Nevados y viajes, viajes y experiencias. Lo laboral y lo académico (quiero leer esa tesis). Las personas y sus locuras. Canciones y proyectos, alegrías y tensiones. Disfruto mucho a tu lado. Tu ser me da paz y me centra. Tu calma, tu amabilidad, tus reciprocidades, tus puntos de vista, tu apertura al análisis de la vida misma. Tu compañía y tu belleza, tu presencia y tu cercanía hasta en la lejanía.

Te sientes cansada, ha sido un largo día para ti. Entiendo. Retornamos, caminamos un poco más. Es la hora de una nueva despedida. Sabes que te aprecio mucho, ¿verdad? En poco tiempo nos veremos nuevamente, pero en ese tiempo te extrañaré.

Gracias por esos momentos.

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