Colca de un día y algunas percepciones

Era de madrugada ya. Escuché la llegada de la van y salí a la puerta. En la posada donde estaba me dieron la llave de la puerta de salida. El vehículo es solo para transportarte al bus donde realizas el recorrido. Una vez allí, empezó la larga ruta hacia Chivay, en la que continué mi siesta.

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Calle de pueblo de Chivay.

Ya de mañana, a eso de las 5 a. m. quizás, desperté y ya había amanecido, pero el sol aún no resplandecía en el cielo, el cual se notaba de una mezcla pálida de celeste y gris. Intenté seguir durmiendo, pero creo recordar que no lo logré de forma plena. A las 7, aproximadamente, llegamos al pueblo de Chivay, donde desayunamos. ¡Dios, qué frío sentía al inicio! Al terminar, salí al sol a caminar por las calles del pueblo mientras los demás iban terminando, a ver si me calentaba un poco. Así resultó, y todo fue normalizándose.

Partimos en dirección a la Cruz del Cóndor… para ver al cóndor (y el Cañón del Colca, por supuesto). Sin embargo, en el camino, nos detuvimos en un pueblo donde podías comprar todo tipo de souvenires y tomarte foto con auquénidos, carneritos y águilas. Bonita experiencia.

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Muchos recuerditos para llevar.
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Zona de la Cruz del Cóndor.

En la Cruz del Cóndor, la gente se apilaba (y eternizaba) en determinadas posiciones para estar atenta al paso del cóndor y ver los paisajes. Hay una baranda que bordea una parte de la carretera, y espacios diseñados para funcionar como miradores, tanto en la parte más alta como en una parte más baja. La gente toma hartas fotos. Tuve la dicha de ver volar un cóndor pocos minutos después de bajar del bus; el solo verlo ahí, en el aire, planeando en toda su solitud, infunde respeto.

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Mirador de la parte baja.

Paisajes por ahí, paisajes por allá. Por lo general, se avanza hasta donde lo permiten los topes, los cuales, me parece, llevan cierta vigilancia. Habría que ir más adelante para apreciar con mayor ángulo la vastedad del cañón. No obstante, ese tipo de paisaje ya lo había visto más de una vez en las caminatas que había realizado de manera previa, y desde la pura intemperie, es decir, sin restricciones humanas que te impidan el paso al “más allá”, por así decirlo. En publicidad, el paisaje del Cañón del Colca es resaltado; sin embargo, quizás por la experiencia de mis ojos, no lo encontré mágico, pero sí muy bonito. Pienso en otros lugares, como la cumbre del volcán Chachani, que había alcanzado en noviembre del año anterior (2014), y, sin duda, la magia entró a mi fantasía para quedarse indefinidamente. No es mi intención quitar méritos, como algunos podrían interpretar. Sí es mi intención señalar que, al menos en Arequipa, no se acaba todo en el Colca: hay mucho mundo por recorrer.

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Canón.
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Mundo por recorrer.

El siguiente punto de bajada era otro mirador, y allí las vistas sí me impresionaron notoriamente. Encontré mucha belleza en la manera cómo se dibujaba la superficie por labor de la naturaleza y el hombre. Asimismo, la diversificación de colores siempre añade mucha vida a lo observado (más allá de que lo verde tiene vida en sí mismo). Si no me equivoco, según lo revisado en páginas de internet, se trata del Mirador de Antahuilque.

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La Calera.

Continuamos camino y llegamos al último punto antes de regresar al pueblo de Chivay para almorzar: los baños termales de La Calera, un espacio edificado y controlado que se encuentra dentro del distrito de Chivay, pero a cierta distancia del pueblo mismo. Allí, no solo puedes ingresar a los baños termales, sino también, fuera del local, se ofrece el servicio de canotaje y canoping (o canopy-ing, que sería lo correcto). O puedes simplemente ir a pasear por los alrededores mientras transcurre la hora otorgada antes de regresar al bus. Un refrescante río corre cerca.

El almuerzo era bufé. Si mal no recuerdo, se dio en el mismo lugar donde desayunamos en la mañana. Amplia variedad de platos. Hice combinaciones algo extrañas, como me suele pasar en los bufés, y, si bien quedé más que lleno, disfruté lo comido. A veces, un bufé genera la idea de que hay que probar muchas comidas para realmente aprovechar la idea del mecanismo (o comer más de lo necesario, aunque, al ir tras la variedad, esto se torna inevitable), pero no tiene que ser así. Hay que ir tranquilos, libres de pre-conceptos, y disfrutar los alimentos.

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Estoy.

El siguiente rumbo nos llevó a una zona al lado de la carretera de retorno a la ciudad de Arequipa, donde se podía observar varios de los impresionantes volcanes de la región a lo lejos. Es otro mirador, el cual está adornado en sus alrededores por incontables pequeñas pachetas en el suelo y más allá, lo cual genera, a su vez, una vista interesante. Luego, al bus y a seguir avanzando.

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Estoy de nuevo.
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Chachani.

De 10 a 15 minutos más adelante, realizamos la penúltima parada, esta vez para ver innumerables auquénidos que moraban libremente por las llanuras (aunque me parece que son protegidos; tendrían que serlo). En este punto, como el anterior, había personas que ya no bajaban del bus y se quedaban descansando dentro. Yo sí me daba mi tiempo afuera para apreciar mejor la naturaleza. Sin embargo, el frío que ya corría era uno de los motivos por los cuales dichas personas ya no salían.

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Comiendo en libertad.
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Mi sombra.

La última parada no tenía necesariamente fines turísticos, pero sí te exponía a vistas bonitas de los alrededores. En el punto había una pequeña tienda de abarrotes y un puesto de servicios higiénicos, también a un lado de la carretera. Desde allí, ya nos íbamos directamente hasta Arequipa. Cabe mencionar que la persona que viajaba a mi lado en los asientos no estaba sola, sino que era el padre de una familia que también estaba en el bus, y durante el camino, desde antes, fuimos tomando confianza e intercambiando palabras en tranquilas conversaciones. A manea de opinión, debería darse ello de forma más frecuente entre la gente peruana. Sé que es difícil. En Lima, al menos, donde la gente anda muy amargada y a la defensiva. Muchas veces, las propias dinámicas urbanas, infectadas por los inadaptados (como, por ejemplo, gran parte de los operarios que ofrecen el transporte público, y los comportamientos de conducción vehicular en general) provocan esa realidad. Espero ver algún día a Lima renacer de entre sus escombros.

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Deliciosa.

Ya en la noche visité un restaurante llamado La Italiana, donde siempre la atención es de alto nivel, y que se ubica en la calle San Francisco, a media cuadra de la Iglesia San Francisco. Pedí una lasaña cuatro quesos, la cual estuvo muy sabrosa, aunque no pude terminarla. A veces, el propio sabor termina saturando luego de un rato por la grasa contenida, me parece que es así. Depende del momento, además. Sin embargo, retornaré en el futuro a ese plato para comerlo de forma más tranquila, ya que es muy rico.

A la mañana siguiente, miércoles 29 de julio, iba camino de nuevo al aeropuerto. Era hora de dejar Arequipa una vez más. Me iba con un fracaso a cuestas, pero que repercutiría como una motivación incrementada para lograr grandes cosas a futuro. Me lo iba a proponer.

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De retorno una vez más.

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