Preparativos, encuentros y conversaciones

Viernes 24 de julio de 2015, el día del viaje había llegado. Pude salir más temprano del trabajo para no tener problemas de tiempo en el aeropuerto. O eso creí. Una vez allí, había una cola interminable en la sección LAN para dejar las maletas. No recuerdo si la cola de Check In estaba mezclada con la de Bag Drop. El tema es que no busqué la segunda en específico y me coloqué al final. Lentamente avanzaba. Leeentamente.

Mi buena amiga Ceci también iría a la expedición. Nos encontramos en el aeropuerto y nos juntamos en la cola. De cierta forma, estábamos preocupados por perder el vuelo, pero no tanto. Al menos yo, a pesar de que, a esa velocidad de avance en la cola, era 100 por ciento seguro que el vuelo se perdería.

Sin embargo, en mí está el tener, de inicio, una confianza básica en los sistemas diseñados para servir al público, especialmente en una empresa como LAN (ahora LATAM). Es decir, un sistema puede fallar, pero no está diseñado para perjudicarte, a menos que lo haya creado gente perversa, pensando en aprovecharse de ti y dejarte en nada. Fuera de eso, soluciones pueden encontrarse, incluso cuando eso signifique dejar de hacer ciertas cosas. Como dejar de ir a tu expedición porque el vuelo se perdió.

Igual, la probabilidad de hallar, o que se nos presentara, una pronta solución estaba presente. Es decir, no tiene por qué no existir. Y, justamente, fue esto último lo que sucedió. En un momento, vimos que el personal de LAN estaba separando de la larga cola a los pasajeros que tenían un vuelo próximo a Tacna, y los atendieron en una cola aparte para ellos. Allí supimos que nos iban a llamar también, y así fue. Dejamos nuestras maletas y mochilas, y tranquilidad recobrada. Solo quedaba dar los siguientes pasos que se dan en un aeropuerto, esperar el vuelo y viajar.

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Habitación.

En la sala de espera nos encontramos con Jef, otro amigo de la RML. Ya en el aeropuerto de Arequipa, tomamos los tres un taxi oficial al Centro. Nos quiso cobrar 25, pero se regateó hasta 20. Luego, ya cada uno fue a su hospedaje. Yo había reservado en Colonial House Inn a través de la página Hostelworld.  Me salió en total 71 USD por las cinco noches. Era una posada antigua, algo descuidada, pero suficiente para mi propósito. Mi habitación era amplia, con cama matrimonial y armario, colgadores y baño incluido. Lo negativo: daba a la calle en el primer piso, por lo cual el sonido de los carros al pasar era molesto a ciertas horas. Segundo, el tragaluz del techo alto dejaba entrar los rayos del sol inevitablemente desde muy temprano, y lo iluminaba todo, lo cual contribuía a despertarte. Por estas dos razones, no podías dormir hasta después de las 6 a. m.; sin embargo, el periodo de sueño era placentero. Asimismo, abrir los ojos con los rayos del sol sobre la habitación era muy agradable, ya que ellos mismos te despertaban.


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Visita para la cena.

La noche del viernes había cenado en El Hornito una pizza de lomo saltado, como en mi viaje anterior. En la mañana del día siguiente, estuve leyendo y luego salí a desayunar tarde, al mismo lugar. Me quedé paseando por la Plaza de Armas. Llamé a Ceci para encontrarnos, quien había ido a hacer las compras respectivas para la noche, para la expedición.

Nos encontramos en la plaza y estuvimos conversando largo rato. El gran sol estaba en el cielo. Tomamos fotos. Fuimos a almorzar juntos a un restaurante con vista a la plaza desde un segundo piso. Aquella vez pedí una sopa criolla y algo de beber. Nuestra conversación y la confianza generada me llevó a contarle mi historia del 2013-2014, mi paso por la empresa Avis, en relación con la mujer de quien me había enamorado en ese tiempo y con quien nunca pude construir nada, ni siquiera una amistad verdadera. Aún sentía cierta tristeza cuando la recordaba, pero ya era una historia que había quedado atrás.

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Con mi gran amiga Ceci.
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Tragaluz.

Más tarde salí a comprar mis cosas y estuve alistándome. Me demoré más de lo esperado y no tuve el tiempo que hubiera querido para echarme y descansar y, si era posible, dormir un poco. Sentía la ansiedad de esta nueva experiencia, más que entusiasmo. El poco tiempo que estuve echado en mi cama intentando dormir antes de salir a encontrarme con mis compañeros fue insuficiente, y no tuvo un efecto real sobre mí.


Éramos siete en total. Subimos a la 4×4, que sería conducida por uno de los principales contactos de la RML en Arequipa. Él nos llevaría y, al día siguiente, recogería. Así, emprendimos el largo viaje hacia las montañas, nuestra expedición. Sin embargo, las cosas que viviría luego en lo personal no serían tan agradables, pero serán materia de la siguiente parte de esta historia.

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Chachani, hacia allá íbamos una vez más.

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