Manchas perennes de una Lima que se consume en su propia violencia

Lima se desgarra y hunde en medio del resentimiento en que vive la mayoría de su gente, un resentimiento que lleva a muchas formas de odio y de expresarlo. La violencia en esta triste ciudad es pan de cada día. Hay ojos siempre circundantes, pero son solo ojos que ocultan lo observado. Lo ocultan al creer que, luego de unos minutos de transcurrida una situación que involucra violencia, es ya una situación sin importancia. “Fue una pequeña riña, fue un pequeño altercado. Ya no importa”, parece pensar la mayoría de personas. Sin embargo, en el momento, no dejaron de sentir toda la adrenalina de la expectación.

Esta ciudad está enferma, se está pudriendo por dentro. Hace algunos días estuve por las calles de Lima a diferentes horas y llegué a presenciar hasta, por lo menos, tres actos que involucraron violencia de algún tipo. Incluso, me inmiscuí en uno de ellos porque sentí una gran necesidad de hacerlo. Esta publicación es para contarte algo de lo que viví y observé dicho día.

98-subtitulo-blog

La noche antes del día en cuestión, fui a ver a una amiga a quien quiero mucho participar en un evento de impro en Miraflores. Hace tiempo que no la veía y, cuando nos encontramos luego de la función, afuera del establecimiento, donde la estuve esperando, nos dimos un abrazo inmenso que me llenó de alegría. Después estuvimos caminando y conversando en la medida que compartíamos ruta hasta que llegó el momento de separarnos.

Muy animado, partí a Barranco para encontrarme con dos amigos, uno de los cuales es alguien con quien anduve en una reciente expedición a México para actividades de montaña. En principio, los ubiqué en la Barranco Beer Company, y nos sumergimos en una larga conversación sobre diversos temas. Se habló mucho y con mucha sinceridad. Luego de unas horas, cuando el local ya estaba cerrando, nos retiramos y decidimos ir a comer hamburguesas.

Estuvimos bajando por la Av. Miguel Grau hasta encontrar un local y, en el cruce con la Av. Nicolás de Piérola, vimos uno llamado Don Bajadón. Nos acercamos, pero, al ver sus precios, decidimos que queríamos algo de menor costo. Así que, entrando por esta última avenida, a unos cuantos pasos encontramos otro local, más pequeño, con precios que nos satisficieron para lo que buscábamos. No vimos poca gente allí, sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que una mesa se desocupara y nosotros la tomáramos. Pedimos nuestras hamburguesas de filete de pollo y a esperar.

Al lado de nosotros, pegados a la pequeña barra, había dos grupos distintos de amigos, uno conformado de dos chicas y un chico, y el otro de tres chicos. Aparentemente, una de estas chicas llamaba la atención a los muchachos del otro grupo, dos de los cuales al parecer no eran muy respetuosos, ya que, de un momento a otro, se armó un pequeño altercado en el cual esta chica les reclamaba por algo que uno de ellos había dicho (o hecho), mientras que el tercero, con quien conversaría después, hablaba en nombre de su grupo admitiendo la falta y pidiéndole disculpas. Empezaba a formarse tensión en el aire.

Estábamos comiendo nuestras hamburguesas y conversando cuando, al momento de retirarse el grupo donde estaban las dos chicas, sucedió un nuevo altercado. La chica ofendida anteriormente lanzó lo que parecía ser una envoltura de una de las hamburguesas al tipo que antes la había estado molestando y él, apelando a defender su frágil masculinidad, se exaltó y lanzó el mismo material a ella con quizás el mismo odio reprimido con que se cometen los peores actos de feminicidio. Quién sabe si hubiera escalado esta situación a mayores si la chica decidía responder nuevamente. Este individuo no podía simplemente dejar que ella y su grupo se retiraran tranquilamente. Tuvo que decir o hacer algo más para joderla porque su orgullo herido no soportaba que, en el altercado anterior, su amigo lo hubiera “traicionado” y pedido disculpas generales a la chica.

Al momento del segundo lanzamiento (ya de por sí era un espectáculo), me paré inmediatamente para colocarme entre ambos y recriminar a esta persona por lo que estaba haciendo. Por supuesto, no lo hice de forma amable, y ello incrementó las tensiones. La chica me miró alterada (y algo triste) y me dijo que ese tipo era un morboso. Luego se fue. Y luego se armó la discusión conmigo. El agresor empezó ahora a recriminarme a mí, a lo que se sumó otro de sus amigos, mientras que el único cuerdo entre ellos, quien se había disculpado antes con la chica, comenzó su intento de calmar los ánimos. Inmediatamente, mi amigo con quien fui a México se paró en mi defensa, se interpuso entre las partes e intentó calmar los ánimos también. El personal del local también recriminó al abusador, quien se ponía amenazante con todos. Buscaba un objetivo, me buscaba a mí en medio de su engreimiento. Me recriminaba por haberme metido en una situación que “no me correspondía”. “¡Tenía que defenderla pues, huevón!”, le dije. “¡¿Y qué chucha? ¿Acaso es tu flaca?”, me respondió. Ese era el nivel de su razonamiento. Aparentemente, debemos ser indiferentes unos con otros, ver abusos que pueden detenerse pero no intervenir a menos que haya algún tipo de relación con la persona. Lamentablemente, sé que muchos en este país piensan así, y esto justamente uno de los motivos principales por los cuales su gente misma se vuelve un obstáculo para sí. En realidad es Lima, pero esta ciudad tiene un tercio de la población total, así que la influencia es grande.

El chico cuerdo intervino para hablarnos a mi amigo, a quien agradezco por su apoyo, y a mí para decirnos que esta chica les había estado haciendo insultos racistas y portándose agresivamente con ellos con sus comentarios. La verdad es que no es una historia que me trago. Ella puede haber hecho eso, pero en reacción a una falta de respeto previa de parte de ellos, o de uno de ellos, ya que ¿para que entraría a un local a estar buscando bronca a la gente? Ella estaba, y todos la vimos, conversando amenamente con las personas con que había venido y nada más. Sin embargo, nosotros aceptamos la explicación de este chico como sustento de la calentura de su amigo solo porque ello parecía poner fin a la riña. Nos dimos la mano y él, junto con el otro amigo, llevaron afuera al tercero, el abusador, quien se negó a pagar lo que había consumido; e incluso seguía en la calle exaltado, buscando revancha, quería terminar en una pelea, eso buscaba en lo profundo de sí, quizás como una manera de desahogar frustraciones que haya tenido durante su vida en relación con las mujeres. No sé si habrá conseguido esa pelea. A esa hora, lo más probable es que, además, haya habido trago de por medio en su cerebro.

Lo que realmente me sorprendió es que, luego de un rato, mientras seguía en la mesa con mis amigos, el chico que había intentado calmar las cosas apareció nuevamente, ya solo. Se sintió responsable por lo que había pasado e, incluso, afuera había uno de los vigilantes de casaca azul, quien había venido por el llamado del personal de la tienda. El chico estuvo intentando explicar la situación y, según lo que nos contó el personal, pagó la deuda de su amigo. Eso es realmente un acto de honor. La verdad, no sé si él en algún momento haya estado involucrado en la joda a la chica, lo cual condenaría, pero creo que no lo estuvo. Más bien, se mostró preocupado por el bardo que estaban armando sus amigos, especialmente el susodicho y, por sus acciones durante y posteriores, desde aquí le mando un saludo. Un saludo que pierde su valor, por supuesto, de haber sido también un agresor de ella.

Terminamos nuestros filetes de pollo, nos tomamos una foto y partimos. Un mismo taxi para todos y a dormir.

99-subtitulo-blog

Ese mismo día tenía un encuentro con personal de la DARS PUCP (Dirección Académica de Responsabilidad Social de la Pontificia Universidad Católica del Perú) y voluntarios como parte de la brigada logística para entregar apoyo en ordenamiento y clasificación de donaciones en el asentamiento urbano Cantagallo (distrito Rímac, provincia Lima), que casi un mes antes había sufrido un terrible incendio. El encuentro era a las 12 m., por lo que iba a tener algunas horas para dormir.

Luego de unas cinco horas de sueño aproximadamente, a eso de las 10 a. m., me desperté, aunque me estaba costando levantarme de mi cama. En lo que me quedaba unos minutos más allí, empecé a escuchar las voces de un altercado afuera de mi casa. Ello me puso de pie y me acerqué a ver qué pasaba por la ventana. Resulta que, como parece haberse vuelto usual, uno de mis vecinos, quien pareciera llevar una vida amargada, estaba en un nuevo conflicto, esta vez con un taxista. En el momento que me asomé, este último ya partía, no sin antes haber dicho o hecho algo, lo cual asumo porque este vecino respondió: “¡Conchetumadre, te voy a matar!”, de la ira que sentía. Por supuesto, no hablaba en serio, pero la violencia contenida seguramente le llevaba a lanzar ese tipo de amenazas. Todo terminó allí. Después, lo vi conversando con otro vecino, contándole el altercado.

Para mí, actitudes así son intolerables, y más en mi propio barrio. Por ello, si bien intercambiamos saludo muy de vez en cuando (antes era siempre, pero, de un momento a otro, este señor empezó a ignorarme, llegando a incluso a no devolver el saludo cuando se lo daba), ya he perdido el respeto a esta persona. Está equivocado si piensa que está en el sofá de su casa cuando interactúa en la comunidad.

100-subtitulo-blog

Desde el encuentro en la universidad iríamos a Cantagallo en un bus de soporte, el mismo que nos traería de vuelta. La mañana había estado calurosa, y la tarde también tenía un buen sol en el cielo. Era más de las 4 p. m. y, durante el retorno, había tráfico lento y desordenado en la Av. Argentina. No avanzábamos, así es Lima. Andábamos por el carril de la izquierda; sin embargo, en el de la derecha, en un momento en que el avance estaba estancado, de alguna forma, un camión de la empresa Neptunia incomodó de alguna manera a un taxi que estaba delante. El taxista, totalmente alterado, bajó de su carro y fue a recriminar al camionero. Estaba tan alterado que quiso vengarse con su espejo (esto es usual en nuestra triste ciudad). Primero le dio unos golpes con la mano y luego quiso patearlo. Pero, al ser un camión, el espejo estaba alto, así que el taxista hizo el ridículo total al impulsarse con el mismo espejo para alcanzarlo de una patada, lo cual no logró. Por ello, intentó dañarlo de otra manera: empezó a torcerlo empujándolo con fuerza en dirección a la parte delantera del camión. Ante todo esto, el camionero tan solo miraba con cara sarcástica el berrinche del taxista, como queriendo guardar la calma antes de la tormenta. Él sabía lo que iba a hacer. Una vez que el taxista empezó a volver a su carro, el camionero se bajó del suyo y se lanzó encima del primero, y comenzó una batalla en plena calle.

Llegaron estar cogidos ambos, recostados en el taxi, tratando de golpearse. Luego de un cierto tiempo, empezaron a acercarse otras personas que, después de observar un breve lapso la pelea, como esperando a que los luchadores perdieran un poco de fuerza, entraron a separarlos. Algunos golpes más se lanzaron en esa separación. Otras personas habían ingresado también a la pista para grabar con su celular el espectáculo. El camionero se había parado a la altura del taxi, y el taxista estaba un poco más alejado. El primero esperaba al segundo a que regresara a su carro, pero no lo hizo, o quizás no lo dejaron para que no se arme de vuelta el gracioso cachascán.

En eso, el tráfico empezó a moverse de vuelta y autos del medio comenzaron a tapar la visión. Nosotros seguimos avanzando y luego nos paramos otra vez, estábamos en ese plan. En uno de esos avances cortados, pude ver que un policía había llegado ya a la escena y estaba interrogando al camionero. Sin embargo, perdí de vista al taxista. Tan solo me quedaba colocar mi vista hacia la ventana que estaba pegada a mi costado izquierdo, opuesta a la ventana desde la que observé la escena en mi ubicación, y esperar tranquilamente llegar a nuestro destino. Y ni siquiera eso había sido todo: un tiempo antes del episodio comentado, algún otro pobre diablo pasó cerca del bus por el lado derecho, y parece que dijo algo ofensivo a una de las chicas que venía con nosotros, quien estaba sentada por esa sección, con la ventana abierta a su lado. Ella tan solo rió, así como otros en el bus.


La historia se repite: ¿qué está sucediendo con la gente en esta ciudad? ¿Por qué anda siempre tan dispuesta a hacer tanto daño? Es como un continuo estado de frustración por historia personal pasada y reciente que se mantiene latente día a día, un estado que se retroalimenta a sí mismo ante la falta de reflexión, la falta de voluntad de mejora, la pérfida moral que ronda por ahí, el orgullo desmedido que oculta muchos resentimientos, entre muchas otras razones.

Esa es Lima, para que la puedan conocer. Para que la puedan imaginar. Para que la puedan palpar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s