En busca de Tomás

Hace un tiempo me crucé con un mensaje en Facebook sobre una campaña para apoyar a un señor de alta edad que trabaja en tomar fotos a personas que lo desean en Campo de Marte, un amplio parque ubicado en Cercado de Lima. En un primer momento, me sentí conmovido por el mensaje y quise aportar a la campaña, pero después mi percepción fue cambiando.

La página de Facebook lleva actualmente el título Las Fotos de Tomás, que es el nombre del mencionado señor. Allí encontrarás cómo se ha transformado la campaña desde un inicio, incluyendo el mensaje inicial que había visto. Dicho mensaje es muy sentido, pero tiene aspectos que, al leerlos nuevamente, me generan cierta discordancia. Si bien, como se señala allí, decir “[de] la sociedad que crece mucho para afuera y se va quedando vacía por dentro” es una expresión totalmente acertada para muchas sociedades en el mundo, y un tema que incluso toqué en una tesis de maestría, el ámbito de la modernidad y su influencia sobre una comunidad urbana, ciertamente antes de esa línea hay otra donde se indica que el señor Tomás “es una consecuencia del crecimiento desmedido de la tecnología…”. Cabe preguntarse si realmente es él una consecuencia de ese crecimiento, y si este crecimiento puede ser realmente desmedido. Asimismo, la línea final dice “Quisiera que no tuviese que entregar más fotos en su vida”, la cual, desde cierto ángulo, puede verse como una desvalorización de su trabajo (aunque estoy seguro de que el autor de la campaña no tuvo esa intención), dado que es parte del mismo el entregar las fotos que toma, una actividad que, entendemos, no le incomoda realizar (tomar la foto, llevarla a revelar, y luego entregarla). Es decir, no se trata de un trabajo que necesariamente le esté causando algún perjuicio a su salud global, sino uno que él mismo ha decidido continuar durante su vida, o un trabajo al que decidió entrar en cierto momento de esta. Quizá deberíamos desear que entregue muchas fotos más. Dependerá de cada uno.

Inicialmente, la campaña constaba en ir a Campo de Marte, buscar a Tomás, tomarte una foto con él y darle el apoyo monetario que fuera de tu voluntad (dejando implícito que, si lo deseabas, también consumir su servicio). Es más, inicialmente la página de Facebook llevaba el nombre Un selfie por Tomás. La información de la campaña fue rescatada por un artículo en el diario La República, que también fue publicado en la página.

Unos días después de haber visto aquel mensaje, el 21 de septiembre, me acerqué a Campo de Marte para aportar a la campaña y también para tomar algunas fotos del lugar. No iba con la idea de tomarme una “selfie” con el señor, sino de consumir su servicio, el cual implicaba regresar nuevamente en otra fecha previamente pactada para recoger la foto revelada o pedirle que la entregue a domicilio. 

Para ese entonces, la campaña ya había cambiado, todo en un periodo corto de tiempo. Muchas personas malinterpretaron el mensaje inicial, que era revalorar el trabajo de Tomás, aunque la acción propuesta no necesariamente era la mejor: tomarte una foto con él (con tu propia cámara) y darle un apoyo económico. ¿Cómo se decidió que él necesitaba esa caridad? ¡¿Cómo se dio por asumido que él querría empezar a tomarse fotos con todas las personas que se lo pidieran, que aparentemente no fueron pocas (aunque no lo sabría con exactitud)?! La página actuó rápido y publicó un comunicado para aclarar que lo que se buscaba era revalorar su arte y no buscar otro tipo de apoyos, como donaciones materiales. Luego, cambió el enfoque de la propuesta: ir y consumir el servicio, retornar por la foto revelada y compartir esa foto en tus redes con el hashtag #LasFotosDeTomas. Fue un vuelco totalmente positivo para la campaña, que también incluyó el cambio de nombre a la página. Adicional a dicho comunicado, su autor, en un comentario personal, expresaba sus disculpas públicas al señor Tomás y su entorno por cualquier incomodidad que le hubiera causado. Horas previas a la publicación de dicho comunicado, según la cronología de la página, dicho autor también se había reunido con el señor para conversar. 

Muy lentamente recorrí todo el parque, tomando algunas fotos y pensando en mil cosas, como suelo hacer (vivir). No vi a Tomás por ningún lado y decidí irme. Cuando estaba caminando a la puerta que da al óvalo Jorge Chávez, resulta que noto que el señor había entrado recién por ese mismo lugar y se dirigía en dirección contraria a la mía por la misma vereda. Me detuve a cierta distancia de él y esperé a que pasara por mi lado. Cuando lo hizo, lo llamé diciendo “Señor…”, pero no me escuchó o no me prestó atención. Se notaba pensativo, quizá malhumorado. Intenté nuevamente con voz más alta: “Señor, ¿me han dicho que usted toma fotos?”, para iniciar la conversación. Allí sí me hizo caso, pero lo que recibí luego de un instante fue un “no” despreciativo y con molestia, un “no” que parecía reflejar un “¡ya me cansé de esta campaña de mierda!”. Quizá no era el momento, quizá no tuve carisma. El momento, además, se sintió rápido y tenso, y fallé en no saludar primero. Un tonto vigilante de casaca azul, que estaba más allá con su compañero, le sacó una foto con su celular, como si fuera algo que uno no podía perderse de hacer. Luego, cuando el señor pasó por su lado, ellos le dijeron que había una pareja por otro lado del parque que lo estaba esperando para que la fotografíe.

Sin embargo, antes de mi encuentro con él, lo había visto ofrecer su servicio a otra pareja que se encontraba sentada en una banca. No quise irme ahí mismo. Regresé al patio central y me senté por allí. Él también estaba un poco más allá, sentado, ordenando sus materiales. No deseaba retirarme sin haberme podido comunicar bien con él. Es decir, quizá más que consumir su servicio, simplemente poder conocerlo y que fuera una experiencia agradable para ambos. No obstante, me sentía contrariado por lo vivido. Todo parecía tan “lindo” con la campaña y terminé “chocándome” con esa situación. Por eso, empecé a reflexionar al respecto. Me quedé leyendo un rato más en mi lugar, por momentos pensando en cómo establecer contacto nuevamente. Decidí que regresaría otro día, no para acercarme a él específicamente, sino para que él me encontrara y, quizás, ofreciera el servicio como a otras personas y allí recién tomarlo. Él no quería ser buscado, “él desea seguir su labor como de costumbre”, como señala otro mensaje que se publicó después en la página (aunque dirigido a la prensa para que dejara de joder -a veces es lo único que sabe hacer-, pero que también podría aplicarse a todo contexto). Y es que sí, sí deseaba recibir ese servicio, principalmente por la experiencia vintage, muy atrayente.

Pero nunca se dio. Regresé el 23 de septiembre y el 3 de octubre, pero no encontré al señor Tomás. Si lo hiciera nuevamente, no sería para buscarlo, sino para pasar un tiempo en dicho parque, que es muy tranquilo y agradable, excepto por el olor a porro que alguna gente inservible deja a veces en algunas partes.

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Un grupo de jóvenes caminando hacia el monumento central.

Volviendo al inicio, quedaron pendientes dos comentarios. ¿Es desmedido el crecimiento de la tecnología? Desde ciertos ángulos podría opinarse que sí, pero a la vez creo que este “sí” no puede dejar de ir acompañado de un gran “no”. No puedes poner límites a la capacidad intelectual de las personas, no puedes impedirles investigar y crear, ¿verdad? Obviamente, dentro de los límites de la ética, ¡que crezca la tecnología todo lo que pueda crecer! Lo que hay que regular es, justamente, el ámbito ético de la investigación y el uso de lo creado, como se viene haciendo desde hace mucho, siempre mejorándose las políticas establecidas. Sin embargo, en el caso que nos concierne, ¿cabría regular la libertad de lanzar una nueva cámara fotográfica al mercado y la libertad de adquirirla y usarla para fotografiar? En este sentido, ¿es realmente Tomás una consecuencia de ese crecimiento? ¿Hasta qué punto debemos caer en la subjetividad heroica de creer que debemos salvarlo? Si él se quejara de las nuevas tendencias en fotografía, ¿hasta qué punto tendría él también parte en este juego? ¿No es él alguien que decidió no actualizar su servicio, y no necesariamente comprando una cámara ultramoderna? Él no desea caridades, él va a trabajar ofreciendo un servicio que nos remonta a una Lima de antaño, y eso está genial. Pero, en la medida que avanzaba el tiempo, que el proceso de modernización se aceleraba, que las vidas se hacían más apuradas, y en la medida que ello sigue ocurriendo, quizás habría sido y es bueno detenernos y repensar lo que hemos venido haciendo hasta cierto punto, y ver cómo seguir desde allí. Y me refiero a todas las personas, todos nosotros.

Aún no he tenido la oportunidad, pero confío en que el señor Tomás brinda un gran servicio de fotografía. Consumámoslo si se nos presenta la oportunidad de hacerlo.

Hasta pronto.

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