Disfrutar

Arequipa, noviembre de 2014. Jueves 20. Me dispongo a realizar mi primer viaje a la Ciudad Blanca. El motivo era escalar el volcán Chachani, de altura de 6075 m s. n. m. Iba a ser la primera vez que experimentaría una altura de ese tipo. El contexto previo: estaba finalizando un año intenso emocionalmente y me encontraba en la búsqueda de respuestas.

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Antes de partir para el aeropuerto.

La actividad había sido organizada por la Red de Montañistas de Lima. Y lo había hecho con algún tiempo de anticipación, cuando aún seguía trabajando para la empresa Mareauto, la cual llevaba la marca Avis en el Perú (aún lo hace). Con mucha tristeza salí de aquel trabajo el jueves 2 de octubre de aquel año, y no precisamente por dejar el trabajo. Ciertamente, una colega se había convertido en mi mundo entero desde mucho antes, pero en realidad el escenario siempre estuvo sostenido sobre barro (y es que ni la amistad que creí que existía era real). El viernes 3 fui en la tarde a despedirme de mis compañeros y compañeras de trabajo, quienes se encontraran presentes. Me despedí de ella al final. Visitaría el lugar un par de veces más después de eso por un par de cuestiones que tenía que hacer. Luego, ya no la volvería a ver.


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Un paseo por los cielos.

Estoy en el avión viajando a Arequipa. Me considero cliente fiel de LAN, ahora LATAM. En aquellos tiempos, la revista que acompañaba los asientos se llamaba In, y la bienvenida siempre la escribía Ignacio Cueto Plaza, CEO de LAN en aquel entonces. En el artículo que estaba vigente, titulado “El arte de disfrutar de lo simple”, él iniciaba diciendo lo siguiente:

Disfrutar es una palabra que para cada uno de nosotros podría representar algo totalmente diferente. El diccionario nos dice que es “experimentar gozo, placer o alegría con alguien o con algo”. Sin embargo -y por simple que parezca-, no siempre que disfrutamos nos damos cuenta de manera automática y natural, sino que debemos esforzarnos para hacerlo consciente, para reconocer y valorar aquellos momentos, en muchos casos fugaces, que nos llenan de felicidad.

Ciertamente, a veces te encierras en laberintos con muchas puertas de salida (siendo la palabra “salida” la oportunidad de entrada a diversas experiencias increíbles) que se ven ocultas porque tus propios pensamientos las cubren. Piensas que realmente debes resolver el acertijo de ese laberinto cuando en realidad no existe ninguno. En cambio, lo que podrías hacer es no dejar de buscar ese disfrute del que habla Plaza mientras intentas darle duro a tus reflexiones sobre aquello que te consterna. La reflexión enriquece la mente y el alma, pero hazla fuera del laberinto aplastante creado por tu mente. La vida es mucho más grande que una persona, créeme. Ya lo he experimentado. Y con sangre.


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Volcanes en el horizonte.

Desde el propio avión se podía ver algunos volcanes. Desde allí ya se podía ver el Chachani. Luego descubriría que, en realidad, el Misti y el Chachani están siempre a la vista desde cualquier parte de la ciudad. El taxi del aeropuerto al hostal La Posada del Sol, donde estuve hospedado, estuvo 25 soles, como el precio de todos los taxis oficiales del aeropuerto al Centro. Ahora cobran 30 y se niegan a recordar la época en que cobraban 25.

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Una esquina de la Plaza de Armas.

Desde un inicio el sol estaba en todo su esplendor, desde un inicio esta ciudad ya me generaba tranquilidad, daba paz a mi espíritu, un espíritu dolido por la inmensa decepción vivida. Caminaba tomando fotos urbanas, dirigiéndome hacia un lugar donde almorzar, lo cual hice en un restaurante cerca de la Plaza de Armas. Luego de ello, visité una iglesia cuyo nombre no recuerdo. Muy linda por dentro y por fuera. Quizá la reconozcas por las fotos. Algún día regresaré y me acordaré de apuntar.

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Detalles bajo el sol.

De allí fui a pasear a la Plaza de Armas. El sol seguía iluminando todo el cielo, eran las 5:30 p. m. Al medio, estaba lleno de palomitas, todas uniformadas con sus propios colores y haciendo flashmobs a su estilo. La gente disfrutaba en medio de ellas, viéndolas, pasando a su lado, tomándoles fotos, dándoles de comer, niños y niñas jugando, gente riendo. La vida es hermosa y se dispensa en esos detalles. En esa felicidad tan sencilla. No se trata de que ahora debas dedicarte a ver palomas en plazas, no es la idea. Quítate los ojos técnicos e intenta proyectar tu visión. La felicidad es aquello que para ti lo sea, pero detrás de ello está el encontrar esos espacios que le dan tranquilidad y paz a tu espíritu, esos espacios y detalles que realmente te hacen respirar un aire puro (literal o figurativamente hablando) que es absorbido por todo tu ser y que repone tus energías para hacer aquello que más te gusta hacer, con lo cual vives de mucho mejor manera aquello que para ti es la felicidad, y que incluso es un proceso de descubrimiento continuo.

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Absorbe la vida.

Y allí están los detalles, a nuestro alrededor. En cualquier parte, pero especialmente en esos lugares cuya esencia compatibiliza con tu espíritu y te hacen brillar desde dentro.

A veces cometemos el error de depositar el disfrute en aquello que aún no tenemos y se nos pasan de largo muchos momentos de gran emoción, como aquella mirada cómplice con nuestro primer amor, el momento que nos pusieron a nuestro primer hijo en los brazos, una conversación animada con amigos, hundir los pies en el mar, la planificación de un viaje y tantos otros pequeños instantes que llenan nuestra vida. Lo que está claro es que disfrutar está muy vinculado con las emociones más básicas del ser humano: el amor, el humor, la pasión, la curiosidad, el vértigo y el sentido de realización. Aprender a disfrutar de las cosas simples que nos rodean es una actitud positiva que se puede aprender y entrenar día a día; solo es cuestión de proponérselo. Además, la habilidad de disfrutar tiene la gracia de ser contagiosa, es decir, se propaga y esparce, contribuyendo a generar bienestar en nuestro entorno. (Ignacio Cueto Plaza, 2014)

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Ellas en lo suyo.
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Ahí andaba yo, ahuyentando a las palomitas.

Visitaría una iglesia más antes de retornar a mi hostal (tampoco recuerdo el nombre…). Estuve en mi habitación por unas cuatro horas antes de volver a salir para cenar y pasear de noche. Pasé nuevamente por la Plaza de Armas. Si bien en este escrito había pasado por alto (deliberadamente) hablar de la Catedral, pues ciertamente es impresionante e imponente. Es como una gran fortaleza blanca (claro que blanco no es el color exacto), con sus grandes paredes-muralla y su arte majestuoso, y en las noches, con esa elegancia cálida que le dan los colores que adopta por la iluminación. Es una verdadera belleza, no te cansas de verla. Una de las construcciones más expresivas y maravillosas que he presenciado. Me alegra bastante que se haya podido dibujar una obra así para ser la principal casa de Dios desde el ámbito de lo formal en la ciudad.

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Catedral de tarde.
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Catedral de noche.

De retorno me detuve en la pizzería El Hornito para cenar, ubicada en la calle San Francisco. Me gustó el lugar y lo que pedí, pizza de lomo saltado con su copa de vino tinto. Era más de las 11:00 p. m. y ya hora de retornar. En la tarde había comprado un tour para conocer otros puntos de la ciudad, como el Mirador de Yanahuara. De ello hablaré en la siguiente publicación. Mientras tanto, regreso a mi hostal caminando de noche por estas lindas calles vacías.

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