Esencias y mates

—… aprovecha la última noche—me dijo por Whatsapp al despedirse, luego de preguntarle si había llegado bien a su casa. Eran las 11:10 p.m. Ella, amiga de la universidad, no sabía que la larga conversación que acabábamos de tener hasta hace una hora era la mejor forma en que podía haber aprovechado ya la noche.

Tanto lo anterior como lo que viene fue escrito como borrador poco después de retornar a Lima. Deseaba escribir con el recuerdo de lo que viví y sentí a flor de piel para no dejar que el tiempo desvaneciera la esencia y esta pudiera quedar grabada en aquellas palabras recientes. Aquí continúo.

29 de diciembre, el viaje había terminado. En nuestra caminata por la Plaza de Armas, me comentó sobre a quién pertenecía el Nacimiento que allí estaba armado. Francamente, no recuerdo el nombre, pero sí que la tienda principal de artesanías de esa persona estaba en la Plaza San Blas, lugar que iría a visitar al día siguiente, de paso que hacía una última (resultaría penúltima) breve caminata antes de partir para el aeropuerto.

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Nacimiento en la Plaza de Armas de Cusco a fines de diciembre de 2015.

Mi mente había quedado impregnada de ella, como ya lo venía anticipando. No la veía hace muchos meses, aunque quizás hace unos pocos, en un conversatorio en la universidad en el que no cruzamos ni una mirada. Creo que la última vez que había conversado con ella había sido en su cumpleaños, un día en el primer semestre del año. A mi llegada al Cusco, pensé en contactarla, pensé que podía estar en esta ciudad. Resultó que sí y quedamos en un distante “veremos” para unos días después, aquel 29. Ese día la llamé y coordinamos. Luego volvimos a coordinar. La esperé en un lugar conocido como “el semáforo del Coricancha”, que es un grupo de semáforos que se encuentra en una esquina del Jardín Sagrado del Coricancha, sobre la avenida El Sol. Llegó más tarde de lo previsto; sin embargo, te das cuenta de su calidad de persona cuando, en pleno camino hacia donde estás, sabiendo de su tardanza, te llama preocupada para ofrecerte cancelar la salida si lo deseas. Por mi parte, no habría dejado de esperarla.

Me llevó a un local, una “matería” (no busques la palabra en Google; es un lugar especializado en mates) llamada La Esencia: no podía haber sentido un lugar más familiar. Sencillo, acogedor, tranquilo. Pocas mesas: el capitalismo queda de lado; lo que importa es, justamente, la esencia del encuentro. Se presentó un músico cuyo nombre acabo de buscar y encontrar: Elías, quien pertenece a una banda conformada por él mismo llamada Elias & the endless. Si tienes la oportunidad de escuchar sus composiciones, no la desaproveches. Interpretó solo, con su guitarra acústica. Seis canciones y una de repetición. Buenas letras, buenas melodías, buena nostalgia, buenos mates.

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Elías. La gente fue llegando poco a poco.

Última canción que tocó.

Allí estaba yo al lado de ella, escuchando buena música, hablando entre canciones, entre descansos. Hablamos de nuestras tesis, le conté de mis proyectos, me contó de los suyos. Al final, fue ella quien me invitó lo consumido, respondiendo al regalo que le había dado en su cumpleaños. Después, salimos del lugar. Ya le había comentado que iba a cenar más tarde con mi papá y mi hermano. Técnicamente, nos dirigíamos a la Plaza de Armas a despedirnos, pero no fue eso lo que pasó y me alegro mucho. Aquella plaza se convirtió en el repositorio de nuestras huellas y palabras esa noche.

Hablamos de tantas cosas en ese corto periodo de tiempo, caminando tantas veces por las mismas líneas, viendo a tanta gente pasar mientras nosotros lo hacíamos también. Sueños, el pasado, sentimientos y pensamientos, etc. Sentí mucha paz andando a su lado, la conversación jamás envejeció; sin embargo, tuve que llevarla a término.

Cruzamos una última vez la Plaza. La acompañé a tomar un taxi. Le agradecí por el momento vivido y su invitación. Le dije que hay cosas que quedarían pendientes, como ir al teatro o una caminata de montaña. Quiero creer que la volveré a ver, pero quién sabe. La vida te lleva por rumbos tan distintos y somos de mundos tan alejados. Le deseé un magnífico año 2016, que ya se avecinaba.

La cena con mis familiares nunca se dio; era tarde y prefirieron quedarse a descansar en el hotel. Regresé caminando mientras ella ya no estaba. Siempre le podré escribir y saludar, pero esa breve caminata quedará como una de las mejores partes de mi primer viaje a esa bella ciudad, quizás un momento que podría no volver a repetirse.

Al día siguiente, luego de San Blas, fui a la Plaza de Armas. Primero, sentado en una banca; luego, en las gradas. La gente pasaba, tomaba fotos. Un vendedor joven de pinturas intentaba vender el producto a un brasilero, pero no lo consiguió. Era hora de regresar.


¿Qué queda después de los mejores instantes? Un instante, una vida. Una vida en un instante, y luego a seguir viviendo, a seguir caminando. No puedo dejar de escuchar “The Count of Tuscany” de Dream Theater, de donde te daré unas líneas:

Could this be the end? Is this the way I die? // Sitting here alone, no one by my side // I don’t understand, I don’t feel that I deserve this // What did I do wrong? I just don’t understand // I just don’t understand

Sé que sabes que te aprecio mucho y que te deseo lo mejor. Que tengas un 2016 increíble, que puedas encontrarte a ti misma y conocer lo que buscas, tu camino, y que logres todos tus sueños. Desde aquí, siempre tendrás a un amigo que no dejará de apreciarte ni de quererte.

Un gran abrazo, Adri.

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Hasta pronto, Cusco.

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