Magnificencia y mística en las alturas

Nos despertamos a las 4:30 a.m., el ambiente estaba frío afuera. Desayunamos en el hotel antes de ir a tomar el bus. El sol aún no salía y el vacío se percibía como un celeste melancólico. Había algo de movimiento, pero poco, excepto cuando llegamos a la estación, donde ya se formaba una larga fila para la partida hacia una de las maravillas del mundo: Machu Picchu.

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Entre las montañas y el Imperio.

El viaje en bus solo dura entre 25 y 30 minutos y se devanea entre curvas ascendentes hasta el punto final. Allí bajamos. Me aproximaba a cumplir la última promesa (entre varias) que le había hecho a una buena amiga mía al iniciar el año. “Conoceré Cusco y Machu Picchu este año, lo prometo…”, o algo así. Había allí también una larga fila para la entrada, la mayoría de personas era extranjera. Ubicamos a nuestro grupo para coordinar y luego nos sumamos al hilo de personas. Pasando el control, nos volvimos a agrupar con el guía respectivo, quien nos esperaba. Había gente de todo el mundo. Para nuestro grupo llegó el momento y empezamos a avanzar.

El guía condujo al grupo a un lugar donde pudiera iniciar su explicación de manera tranquila y cómoda para todos los presentes. Es lo usual y uno podía darse cuenta de ello incluso desde el primer paso. Sin embargo, en el primer tramo de camino sucedió un percance innecesario. Había otro peruano en el grupo aparte de nosotros, un tipo flaco y alto, no muy joven y que estaba solo. Inicialmente no sabíamos que era esa su nacionalidad: lo supimos cuando el guía (peruano también) se lo preguntó luego que aquel, al ver que otros grupos ya habían ubicado un lugar para recibir la explicación inicial y nosotros no, hizo un reclamo nada amable, buscando conflicto, creyendo que lo estaban estafando. He conocido a gente así en este país, no me sorprende, y es una pena dar esa imagen al exterior. El guía, de manera muy tranquila y alturada, le tuvo que explicar que íbamos a una ubicación ya visualizada por él para el inicio.

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No hablaré aquí de la historia de Machu Picchu, eso lo puedes encontrar en libros (sí, busca libros y no cualquier página en Internet sin fuentes de verificación y, muchas veces, con mala redacción). Tampoco es que recuerde mucho el detalle de lo hablado. Sin embargo, la experiencia mística estuvo en mirar hacia la derecha y ver las montañas en lo alto, con el cielo despejado, y esa especie de blanca y densa niebla que se ubicaba entre ellas y nosotros, inmensa, haciendo que fuéramos como nada en ese lugar, en donde no existe más que esa épica, Machu Picchu y su épica, esa sensación de saber que estás en uno de los lugares históricamente más importantes de la historia y realmente sentir su fuerza, un lugar donde yació un imperio y cuyo espíritu aún arde en cada rincón, en cada escalón, en cada roca, etc., todo lo cual encontrábamos al voltear la cabeza a la izquierda, o a cualquier lado en realidad. No hay nada como sentir esa magnificencia.

Y allí hicimos el recorrido. Escuchando historias, tomando fotos. Se pasa rápido el tiempo. Hay que regresar para realmente ir al ritmo que deseas, dándote el tiempo que deseas para observar y reflexionar sobre aquello te inspire estar allí. Hay que regresar a Machu Picchu, una y otra vez. ¿Quién puede dejar de ver esto? La belleza es suprema. La arquitectura e ingeniería son impresionantes. Esto está en mi Perú, y me siento muy orgulloso. Si vives en este país, ten por seguro que en tu camino llegarás a cruzarte con gente y experiencias que solo caen dentro de lo deplorable, no lo dudes. Pero no dejes que ello haga tu ánimo decaer: el Perú en sí es una aventura y un reto, y conocerás mucha más gente que es increíble, y vivirás muchas más experiencias que serán fantásticas. Fortalécete y sigue adelante, que aquí podrás aprender y desarrollarte mucho si sabes cómo observar, cómo enfocarte desde ti mismo para ir tras tus objetivos.

Llevemos nuestro país adelante siempre.

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Mi hermano, mi padre y yo.

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