Taquile, grises y colores

Continúa la travesía. Nos levantamos, bajamos a desayunar, nos alistamos y partimos hacia el puerto. El cielo carecía de un sol, aún lloviznaba. Había llovido toda la noche. Las lanchas estaban mojadas en las partes expuestas. Empezó el viaje. El guía dio a todos unas indicaciones, entre ellas, que llegar a Taquile tomaría entre 40 y 45 minutos.

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Amanecer.

Fui a cubierta con Shengxiang. El ambiente estaba frío y el lago, movido, lo cual hacía tambalear la lancha para los lados en su avance. Mantener el equilibrio estando parado no era poca cosa. Estar ahí, sin embargo, nuevamente, era una experiencia incomparable. Tomamos algunas fotos y grabamos videos: ese momento a la intemperie debía quedar registrado en pleno movimiento.

Nos acompañó una rato la chica estadounidense de la publicación anterior. Shengxiang grabó un video con ella también. Cuando ya estábamos por llegar, salió el guía a pasarnos la voz. Al descender a la zona cubierta, notamos que algunas personas estaban en muere: el balanceo los había afectado.

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El puerto desde un punto alto.

En Taquile (3950 msnm en la villa principal según Wikipedia), debíamos seguir un camino hecho por los pobladores hasta llegar a la Plaza de Armas. Previamente, Shengxiang me había propuesto subir hasta el punto más alto de la isla (a 4050 msnm, misma fuente), por lo que habíamos estado coordinando con el guía un tema de tiempos. La cuestión es que bajamos de la lancha y emprendimos camino en subida hasta la plaza. Nos adelantamos rápidamente no solo porque teníamos un paso de mayor velocidad, sino porque los demás demoraron en empezar. En el camino, las vistas del Titicaca no dejaban de ser impresionantes. Es como un mar sin fin. Es apoteósico, es infinito.

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Mitad de la Plaza de Armas.

Llegamos a la plaza, que funciona también como un mirador hacia el lago. Sin embargo, en lugar de algún monumento o construcción al centro, uno se encuentra con un gran espacio vacío. Estuvimos esperando un rato a que llegaran los demás. Un poblador se acercó a cobrarnos entrada, pero eso estaba incluido en el esquema de viaje. Le explicamos que en un rato más vendría nuestro guía y que él le daría mayor información. No nos creía, pero luego se fue y quedó a la espera. No sucedió nada más en ese aspecto.

Decidimos ir a explorar para saber por dónde podíamos subir al punto más alto; sin embargo, en cierto momento, al no tener certezas, consultamos a un poblador, quien nos trató como principiantes al dar a entender que tendríamos dificultades con cierta ruta y que mejor era tomar otra. Bajamos nuevamente y decidimos esperar al guía para que nos informara mejor.

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Vista desde la plaza.

Había una tiendita en la plaza. Se me ocurrió comprar una galleta pero no iba a pagar dos soles por ella ni cinco por un sublime. Compré un plátano por las cercanías a 50 céntimos. Empezaban a llegar los demás compañeros y compañeras de viaje. Les pedí a las chilenas tomarnos unas fotos y accedieron. Me contó la bella pelirroja que no asistieron el día anterior a la fiesta comunal porque prefirieron descansar.

Y bueno, a lo nuestro. Encontramos al guía. Conocedor de nuestra mayor capacidad para caminar (en subida) por habernos estado observando, nos indicó el camino hacia la cima incluyendo una mención a que llegaríamos sin mayor problema. Empezamos la travesía mientras el resto se quedaría un rato a pasear por la plaza, visitar un museo y, finalmente, trasladarse a un restaurante que estaba hacia el interior en la isla.

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Desde la zona más alta de Taquile.

Llegué al punto más alto y encontré unas ruinas de piedra, como salones construidos para algún propósito determinado. Luego llegó Shengxiang. Estuvimos tomando fotos por ahí. A lo lejos se divisaban otras islas. Al bajar, nos equivocamos de camino, pero retomamos el inicial luego de una breve búsqueda.

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Carneros en el camino.

Tanto en la subida como en la bajada, nos topamos con un grupo de carneros. Sin embargo, en la bajada, la señora que los pastoreaba, luego de verme fotografiar sus carneros, intentaba decirme que le tome una foto a ella, lo que en un inicio no entendí ya que no pronunciaba muy bien español y sus señas no eran muy claras. Posó y le tomé foto. Intuía que algo me iba a pedir, pero no me interesó. Efectivamente, me pidió dinero y le di una suma muy pequeña. Me cobraba por haber posado para mi cámara, como si para mí ver a una pobladora andina fuera una novedad y algo exótico, algo que “no existe en mi país”. Como si yo le hubiera pedido la foto… Sin embargo, no hacía su solicitud con amabilidad sino como si yo le debiera algo. Posteriormente, borraría la foto y solo pasarían a la posteridad entre mis imágenes sus carneros.

Llegamos a la vía principal y nos dirigimos al restaurante. Estaba la gente ya reunida allí en las mesas. Sin embargo, antes del almuerzo, el guía estaba haciendo una interesante explicación sobre la vestimenta de hombres y mujeres en la isla de aproximadamente 2000 habitantes. Asimismo, hablaba sobre los tejidos y el proceso de producción. Estas prendas tienen gran importancia en Taquile y son símbolo dentro la vasta cultura andina peruana.  

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Vista desde el restaurante.

Pasamos al almuerzo. Pedí un menú de sopa de quinua de entrada, trucha frita de segundo y mate de coca. Estuve conversando con Shengxiang y, de momentos, intercambiando palabras con otros viajeros y viajeras, o tan solo escuchando sus historias. Quienes terminaban se iban yendo o esperaban un rato más.

Era hora de regresar a Puno. Nuestra lancha ya no estaba ubicada en el puerto donde desembarcamos, sino al otro extremo, el puerto Chilcano, cruzando la isla. En nuestro camino, vi una niña vendiendo trabajitos a mano. Me llamó la atención los distintos modelos de carneritos de lana que tenía. Le compré uno a 5 soles. Seguimos el camino.

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Estacionamiento de lanchas en el puerto Chilcano.

Lo siguiente era la bajada de 500 escalones. Desde arriba se veía el estacionamiento de lanchas. En la ruta, nos cruzamos con unos carneros que no se asustaban, lo cual me sorprendió. Ya abajo, fuimos a nuestra lancha, pero nos dimos cuenta de que no había nada que hacer allí dado que había que esperar a que lleguen todos los demás. Debido a ello, la dejamos y cada quien fue por su lado a explorar. Luego, Shengxiang me pasó la voz para descender a una pequeña saliente que nos acercaba al nivel del lago. Fue refrescante introducir los pies dentro del agua, la cual se mostraba mansa. En su interior, se veía distintas formas de plantas.

Era hora de embarcar. Lany, la chica alemana de quien hablé en publicaciones anteriores, interactuaba con un niño que jugaba con sus tortugas de juguete. Arrancó el viaje de retorno a la ciudad de Puno, que duraría unas tres horas. Inicialmente, estábamos en la parte posterior de la lancha junto con otras personas. Luego subimos a cubierta. Con la calma, el sol, la frescura, lo caminado y dormido, hacía sueño. Pasé al otro lado de la baranda, me eché en el suelo y empecé a viajar así. Eventualmente, me quedaba dormido por tramos. A pesar del sol, corría un viento frío. Debía cubrirme el rostro para protegerme del fuerte sol y no quemarme más de lo que ya estaba (el día anterior no había usado bloqueador por pura pereza). Fue una de las mejores siestas (interrumpidas…) de mi vida.

En cierto momento, otras personas también subieron y estuvieron dormitando en la parte rodeada por la baranda. Por mi parte, habré estado descansando unas dos horas al menos. Cuando faltaba como media hora para llegar, me senté y apoyé mi espalda en la baranda. El chino, que también se había quedado jato (dormido) por ahí, hizo lo mismo. Estuvimos conversando hasta llegar a Puno.

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Vista del Titicaca desde el punto más alto de Taquile.

Al llegar, el esquema fue el mismo que al partir. Debíamos caminar por el jirón Titicaca hasta cruzar la avenida de la Costanera. Allí estarían las furgonetas que llevarían a los pasajeros a sus respectivos hospedajes. Decidimos no subir ya que estábamos muy cerca. Personalmente, había decidido también darle el carnerito de lana a quien en estas historias estoy llamando Bianca, pero ya no la vi más ni pude despedirme. Me crucé con una de sus amigas Melissa, como las llamo en estas historias, y le pedí que por favor se lo diera. Ella aceptó muy amablemente y me despedí muy rápidamente.

Solo quedaba regresar.

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No me queda de las chilenas más que algunas imágenes electrónicas y recuerdos, pero no dejo de hacer la siguiente reflexión. ¿A qué va esta insulsa antipatía que sienten los peruanos hacia los chilenos? Claro, me refiero a un grupo de peruanos, no a todos. No todos tienen esa infecciosa mentalidad, con la cual no solo infectan las relaciones con el país vecino, sino también el sentimiento de peruanidad, el cual debilitan en vez de fortalecer.

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Yo, peruano. Esta es mi cara y te digo estas cosas directamente, peruano.

En general, el motivo principal de esta aberración es creer, quizás inconscientemente, que la Guerra del Pacífico, que sucedió entre 1879 y 1883 sigue vigente, con el consecuente, pero siempre irracional, desprecio, natural o autoimpuesto, hacia los chilenos como tales. En este sentido, está el creer que todo chileno es alguien con quien debes combatir desde la posición en que te encuentres, es decir, no necesariamente como un soldado de guerra. Sin embargo, incluso si estuviéramos en esa época de guerra, o en una guerra en la actualidad, ¿por qué el deseo de odiar al chileno como tal? ¿Acaso no son los ejércitos los que generan la matanza y, detrás de ellos, los gobiernos y sus decisiones? ¿Qué tiene que ver el ciudadano de a pie? ¿Qué tienen que ver las demás (millones de) personas que habitan el país? Y, si añadimos el componente tiempo nuevamente, ¿qué tienen que ver las nuevas generaciones? Yendo aún más allá, incluso refiriéndonos a los gobiernos, que organizan todo, no te culparía por sentir odio si la guerra afectó a los tuyos o la gente de tu país en general, pero ¿acaso no sería coherente que sientas lo mismo por tu propio gobierno, tú, peruano, cuando ha cometido actos de lesa humanidad contra los propios peruanos? Y si criticaras al ciudadano chileno de a pie por sus propias antipatías contra los peruanos (entiéndase, un grupo de chilenos, porque, de la misma manera, no todos son así), ¿acaso no te has topado con peruanos que solo contribuyen a hacer de este un peor país? ¿Acaso tú mismo tienes las manos limpias?

Lo único que se visualiza son puros berrinches y no razones reales. Haber declarado la “eterna guerra” a Chile es una de las cosas más absurdas que me toca presenciar como peruano en la actualidad. Es tan solo el reflejo de las propias inseguridades y debilidades latentes el buscar un lugar donde colocar todo el propio odio, que muchas veces es a uno mismo. Tan solo revisar las redes sociales para dar cuenta de que hay gente que solo existe para intentar dañar a otros. Así se sienten liberados. Insultar a otro les hace creer que son mejores que la persona a quien insultan, y eso les lleva a sentirse mejor consigo mismos, pero lo único que refleja es el profundo vacío en su ser y sus mentes. La gente debería saberlo cuando recibe un insulto para no sentir cólera, sino pena. Claro que, a veces, es inevitable que hierva la sangre, pero es parte de la vida.

Peruanos y chilenos que se odian mutuamente, no sigo sus principios. Espero que pueda haber transformación en ustedes. Pero, sobre todo, me dirijo a ustedes, peruanos. ¿Tu idea es jugar a ser un patriota insufrible? Entonces, hazlo bien al menos. Honremos a Grau, Bolognesi y Ugarte, y tantos otros héroes que lucharon en la Guerra del Pacífico, mediante la construcción de un mejor país. Seamos mejores, peruano.

No hay más palabras en las que pueda pensar ahora.

Bianca, Melissa y Melissa, sabrán que me refiero a ustedes con estos nombres si es que alguna vez llegan a leer esto. Desde aquí les deseo una vida increíble y llena de alegrías. Desde donde estoy hasta donde se encuentren, les mando el más grande de mis abrazos.

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El señor de Orillas del Titicaca nos dio una habitación a la cual debieron instalarle una cama más; el mismo precio de antes. Estuvimos descansando allí un rato. En un momento, truenos empezaron a sonar, o eso pareció. Alrededor de las 6 p.m. o más, salimos a la Estación Terrestre a cenar algo.

Shengxiang iba a viajar a Copacabana al día siguiente, por lo que estuvo preguntando por pasajes. En un restaurante que está en el segundo piso el menú estaba 5 soles: entrada, segundo, postre y líquido. Pedí un jugo de piña (o mango, no recuerdo): 7 soles. Are you kiddin’ me? Igual, no fue menú lo que comí. Estuvo bueno el lomo saltado.

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Imponente Titicaca.

Antes de retornar al hostal, Shengxiang encontró dónde comprar su viaje a Copacabana. Consultó si con su carné de extranjería podría ingresar a Bolivia sin problemas, le dijeron que sí. Todo iba quedando cerrado. En cuanto a mí, mis planes eran regresar a Juliaca en la mañana del día siguiente, 21 de diciembre, donde me quedaría a dormir ya que mi vuelo a Lima partía el 22 temprano.

Planes hechos, solo quedaba llevarlos a cabo. Retornamos caminando al hostal. El recuerdo del imponente Titicaca estaba aún presente.

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