Visiones desde Amantaní

Estamos en el techo de la lancha otra vez, lo que se llamaría la cubierta (no confundir con la zona cubierta, a la que me refería en otra publicación). El sol resplandece en el cielo, es fuerte, pero el viento sobre el rostro genera una frescura inmejorable. En mi mente pasaba la imagen de quien lograba llenar mi espíritu en esos días. 

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Foto dirigida innecesariamente hacia ella, pero nadie te quita lo visto y vivido.

Mi felicidad me hacía pensar en ella, esa persona. Sé que conoces la sensación. Deseaba haber estado allí viajando con ella. Tomé una foto y se la compartí con un mensaje, el cual respondió de la manera más simple posible. A veces es mejor el silencio.


Por un rato estábamos solo Shengxiang y yo ahí arriba, pero luego subió una de las chicas estadounidenses (no recuerdo su nombre lamentablemente). Bueno, en realidad, ya no era una chica: tres maestrías encima y especialista en fotografía y filmación. Nos sumergimos en una larga conversación; diversos aspectos fueron los tratados, incluyendo, por supuesto, películas. De alguna forma, llegamos al punto en que Shengxiang sugirió que le contara sobre aquella chica de quien hablaba al inicio. Fue algo breve, pero recibí una respuesta mixta: algo negativo visto desde un ángulo positivo, como una extraña analogía. No tengo mucho más que decir sobre eso, excepto que en dicho país la facilidad para colocar etiquetas a todo lo que se ve y mueve es impresionante. Sin embargo, toda la conversación fue una buena experiencia y una buena práctica de inglés. 

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Perspectivas.

Más adelante, si bien seguíamos los tres viajando en cubierta, nuestra conversación había terminado, aunque estuve hablando un rato más con Shengxiang. En cierto momento, no recuerdo si fue en este tramo del trayecto u otro, estuvimos en la parte de abajo, pero fuera de la zona cubierta, hablando sobre estudios y trabajo, nuestras tesis universitarias y posibilidades en el extranjero. Shengxiang en la actualidad está en Francia estudiando su último ciclo de universidad, luego de lo cual retornará a Perú. Por mi parte, estaba a la espera de los resultados de mi postulación a una maestría en Portugal. Luego me enteraría de que no fui aceptado. En realidad, me colocaron en lista de espera, pero es prácticamente lo mismo. La vida sigue, siempre sigue y todo va quedando atrás con una velocidad impresionante. Era de la modernidad.


Llegamos a la isla Amantaní, que tiene una población aproximada de 4000 personas. Bajamos con el bagaje (nunca antes había usado esta palabra) esta vez. Avanzamos por el puerto y recorrimos un breve sendero escalonado en subida hasta llegar a la primera loma, donde un grupo de damas nos estaban esperando. En este pequeño trayecto, Shengxiang entabló una amena conversación con Sofía, una peruana que ya había mencionado en la publicación anterior y quien iba con Lany, su amiga alemana que no hablaba mucho español.

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Amantaní.

El guía empezó a dividirnos por grupos de 3 y 4 personas, cada uno de los cuales se alojaría en casa de una de las damas. Shengxiang pidió que nos agruparan con Rocío y Dani para completar 4, pero no sucedió. Tampoco es que ellas se hubiesen entusiasmado con la idea, hasta creo que pusieron cara de póquer. Apenas las habíamos conocido y no hubo oportunidad de formar una mayor amistad.

Íbamos quedando al último. Finalmente, nos ubicaron con la señora a la que llamaré Agustina por cuidar su nombre real, pero no fuimos los únicos. Inicialmente, nos dio la impresión de que nos habían agrupado con la pareja mayor española, pero había sido con la pareja joven cusqueña. Fue un tramo en subida por la isla de 25 a 30 minutos hasta llegar a la comunidad de este grupo de damas y, particularmente, a la casa de la señora Agustina (quien posteriormente nos explicó que Amantaní está conformada por 10 comunidades que, ante las visitas de turistas, se turnan para recibirlos día a día). Cargar mi maleta a mano no fue poca cosa, y no diré más sobre eso otra vez.


Llegamos. La señora Agustina tenía dos habitaciones de dos camas cada una ubicadas en la mezanine. Dejamos nuestras cosas y, luego de un rato más, bajamos a almorzar. Ya nos estaba ella llamando. En el comedor de la cocina estuvimos primero Shengxiang y yo, los cusqueños tardaron un poco más en bajar.

La comida era sencilla. Un detalle es que no se come carne en esta isla, o eso entendí, porque simplemente no hay disponibilidad, es difícil conseguirla. Y, si se trajera de otro lugar, refrigerarla adecuadamente sería complicado. No es imprescindible, por cierto, y lo que más importa aquí es la experiencia de estar viviendo este viaje y la magnífica atención recibida cuando estás hospedado.

Nuestro almuerzo fue, primero, una rica sopa de quinua. De segundo, un plato de papa, oca y un trozo de queso frito, el cual podías acompañar con ensalada de verduras y ají. Finalmente, mate de coca totalmente natural. Al inicio del almuerzo, conversábamos entre los tres: la señora Agustina, Shengxiang y yo. En un momento, la señora nos preguntó dónde trabajábamos y, luego, cuál era nuestro sueldo. ¿Qué puedes responder a algo así en una situación como esta? Podría seguirse al menos tres caminos: callar, inventar o, simplemente, la verdad. ¿Cuál sería el inconveniente? Al fin y al cabo, la persona te lo está preguntando -en un ambiente de confianza, en la casa donde te está hospedando y atendiendo, sabiendo que después de este viaje quizás no existiría otro encuentro ni las caras se recordarían, confiando en ella y la organización que la contactó, y confiando en ti mismo y tus posibilidades de acción-, y se entiende que, por curiosidad o no, está preparada para recibir esa información. Es decir, ¿por qué habría de existir recelo de eso? Claro, si es un asunto de privacidad, es totalmente entendible, pero, por otro lado, tratar a las personas con pena, ni hablar, no va.

Resulta que yo respondí a su pregunta no sin antes pensar rápidamente sobre estas cosas. No sentí la necesidad de ocultar esa información y, mucho menos, mentir. Por su parte, Shengxiang respondió sin usar números y luego me criticó en privado por haber respondido la pregunta de esa forma. En cuanto a mí, no gano un sueldo de alarde, para nada. Esta situación me hace pensar en una percepción a nivel general que tengo (es decir, sin referirme a nadie en específico), y es que la gente tiende formarse ciertas susceptibilidades con estas cuestiones. Es más, me animo a decir que, en un mundo cuantitativo y capitalista, es de esperar que las personas sientan que valen como tales la cantidad que ganan. De todas maneras, acepto (y considero) que es un dato importante y, particularmente, prefiero la privacidad, pero puedo conceder excepciones. Cada contexto es distinto. Quizás, también, sea el simple hecho de evitar que los demás te vean, comparen y juzguen como si fueras ese número o se hagan miles de ideas a partir de ese número, lo cual no es nada agradable.

Igual, lo vi también como una experimentación personal. En fin.


Luego de unos minutos más bajó la pareja cusqueña. Yo fui el que menos comió. La verdad, el sabor repetitivo del segundo me agotó, pero la sopa ya había bastado en gran medida. Los demás sí comieron todo o casi todo. Después, la señora nos habló de su trabajo de tejido y nos presentó sus productos. Le compré unos guantes a 10 soles porque los iba a necesitar. El cusqueño le compró una chompa.

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Pachamama en perspectiva.

Posteriormente regresamos a los cuartos. Nos había dicho el guía previamente que, después de un descanso pos-almuerzo, nos reuniríamos en la plaza, un campo de fulbito que estaba más abajo, para subir al monte Pachamama, cuya cumbre es el punto más alto de la isla. (El Mincetur señala que este monte se llama Llacastiti y su cumbre está a una altura de 4130 msnm.)

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Inicio.

Con Shengxiang nos dimos cuenta de que no necesitábamos descansar, así que decidimos salir de una vez a subir el monte, antes que todos los demás. La señora me prestó un chullo en caso hiciera frío. Prácticamente, todo el camino está marcado, aunque en algunos lugares hay un mayor trabajo que en otros. Llegamos a un punto donde había un doble desvío: a la izquierda, Pachamama; a la derecha, Pachatata (asimismo, el Mincetur indica que este monte se llama Coanos y su cumbre está a 4115 msnm). Decidimos ir primero hacia la derecha dado que suele ser más atractivo terminar en el punto más alto. Además, ahí nos encontraríamos más adelante con todos los demás.

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Muros de piedra.

En una parte del camino inician muros de piedra a ambos lados y llegas a atravesar un arco de piedra. Allá arriba encuentras otras construcciones de piedra y, por supuesto, obtienes un excelente panorama de la isla. La sensación de estar ahí era muy buena. Viajar es una actividad que te llena el espíritu de muchas formas, y la experiencia que obtienes a través de tan solo observar la inmensidad del mundo en estos lugares alejados de cualquier ciudad capitalina es invaluable; promueve harta reflexión dentro de uno mismo. Supongo que hay personas a las que no les llega y solo andan pensando en la siguiente oportunidad en que irán a tomar hasta morir en alguna discoteca o bar. No tiene ello nada de épico ni trascendental, en realidad. Sin embargo, eres tú y el mundo, cómo lo vives, cómo lo enfrentas, lo que te define. En fin, cada quien hace lo que puede cada vez. Siempre diré cada día cuenta, cada minuto cuenta.

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Pacheta, nuestro paso por Amantaní.

Bajamos y fuimos a Pachamama, el punto más alto. Al llegar, estuvimos explorando el lugar. En un momento, construimos nuestra propia pacheta sobre una roca grande. Habían diversas pachetas por el lugar, unas más grandes que otras. Luego de las respectivas fotos, fuimos a buscar otros bordes y descubrimos un peñasco a mediana distancia excelente para unas fotos de lejos. En el camino, apareció un francés que también quiso fotos allí. 

Desde allí, volvimos al punto alto y vimos que los demás habían llegado o recién estaban llegando. Estuvimos ahí un rato descansando, mirando los alrededores. Las personas, dispuestas en grupos según sus amistades y conocidos, tomaban fotos y conversaban. Por el camino encontrabas adolescentes o señoras que vendían trabajos hechos a mano. Ahí arriba una señora, además, vendía cerveza y entre Shengxiang y yo compramos una. Llegaron las chilenas y estuvieron explorando el lugar. El chino les ofreció y tomó unas fotos con el paisaje que estaba detrás de nuestra pacheta.

Por iniciativa mía, empezamos a bajar cuando las chilenas ya lo estaban haciendo. Las alcanzamos y formamos un grupo de cinco en la bajada, durante la cual nos sumergimos en una muy amena conversación. En primer lugar, nos presentamos. Ellas eran Bianca, Melissa y Melissa (nuevamente, guardo los nombres reales), las tres estudiantes, si mal no recuerdo, de Agronomía o una carrera relacionada, amigas de la universidad.

-¿Y cómo se distinguen?

-Melissa 1 y Melissa 2.

-Ah ya.

-¿Y cuáles son sus nombres?

-Shengxiang y Janis.

-Ya. Entonces serán Pedro y José.

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Puntos clave.

O algo así. Fue una larga conversa sobre diversas cosas durante la bajada: viajes de aventura, lisuras en otros países hispanohablantes o idiomas (Shengxiang no quiso decir lisuras en chino, ya le preguntaré por qué), montañas, Chile, Perú, estudios, etc. Las chicas, total y absolutamente agradables y geniales. Nos animaron a visitar su país, objetivo que espero alcanzar pronto. Al final, pasamos primero por el sendero hacia nuestro alojamiento, así que allí nos despedimos. Sabíamos que la comunidad haría una fiesta en la noche en el Salón Comunal, así que quedamos en vernos allí, pero nunca fueron. Al menos, esta vez sí se pudo formar amistad, aunque quedó breve.

En fin, a dormir un rato hasta la cena.

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When the sky runs deep, haciendo referencia a un tema de mi banda favorita, Iron Maiden.

Ya estaba haciendo frío y tenía la ropa algo húmeda y fría. Subí a mi cama y me tapé con las frazadas. Sentía sueño, algo de agotamiento y hambre. Mientras descansábamos, estuve conversando con Shengxiang sobre diversos temas, uno de los cuales fue el de experiencias de relaciones de pareja. Bianca (nombre usado en este escrito) había llamado bastante mi atención, pero, realmente, ¿cuál era la probabilidad de? ¿Entiendes? Después de todo lo vivido y visto hasta este punto en mi vida, las posibilidades de que exista algo real con alguien con quien no compartes un mismo contexto son ínfimas. Ese contexto puede ser la universidad, el trabajo, el barrio o la ciudad en sí, alguna actividad conjunta, etc. No hay forma de que verdaderamente funcione si cada quien vive en un mundo distinto (lo que incluye países diferentes…). Y es que no sientes la presencia de esa persona en tu vida, pasa como un fantasma. El sentimiento no se desarrolla ni, lamentablemente, suele mantenerse. Y, si no desaparece, se transforma. Como me dijo una vez una señora con quien trabajé y formé una buena amistad después de todo un periodo de turbulencia, “el sentimiento termina yéndose a otro lado de tu corazón”. Y bueno, si siquiera consideraba como hipótesis la probabilidad de, la verdad es que Lima y Santiago son dos barrios muy distantes.


Estaba medio dormido cuando la señora Agustina llamó a cenar. Fui el último en bajar, mi cuerpo estaba débil. Poco a poco, fui recuperando vida. Creo recordar que la cena también inició con una sopa. El segundo fue un plato donde el elemento predominante era el fideo (tipo canuto). Finalmente, mate de coca y obleas con mermelada. Así, de vuelta al cuarto.

La noche caía otra vez sobre mis ojos aunque era relativamente temprano. No daba ganas de levantarse más, pero aún quedaba una actividad adicional: la fiesta comunal. Para ir, hombres debían colocarse un poncho y, mujeres, chompa y pollera, todas las prendas de estilo andino. La señora nos pasó la voz para levantarnos una vez más y ella misma nos prestó las prendas.

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Aquí estoy.

Estaba lloviendo afuera de manera constante, pero suave. En la oscuridad de la noche, bajamos al Salón Comunal. Un horno total. Y más luego de haber nuestros cuerpos absorbido el sol todo el día. Ya estaba lleno de gente en los alrededores, donde estaban las bancas. No había dónde sentarse ni estarse parado sin quedar a la vista de todos. Había una banda de dos o tres personas que estaba tocando música. En un momento, tocaron un tema más bailable y hubo un movimiento colectivo de levantarse a bailar. En principio, la señora Agustina nos invitó (o jaló) a hacer una ronda de tres en el baile y, luego, se fue formando una ronda totalizadora con todos los presentes. Allí, estuvimos dando un “paseo” por todo el local hasta que la canción acabó. Mientras estaba en la ronda, la señora Agustina casi solo caminaba y sus ojos estaban en el vacío, como si la música no estuviera pasando por sus oídos, como si la existencia en ese momento no tuviera ningún sabor, como si después de que nosotros, sus protegidos, hubiéramos entrado a la ronda, no habría otro objetivo que cumplir y la vida estaría hecha.

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Paraíso en los cielos. Hacia la luz y oscuridad.

Después no había mucho más por hacer y hacía mucho calor (la idea era no sacarse los ponchos). Estuve un rato hablando afuera del local con Shengxiang, donde estaba fresco. Decidimos regresar, pero antes avisamos a la señora Agustina que nos íbamos. Ella decidió acompañarnos para evitar que nos desviáramos por camino errado. Los cusqueños no bajaron a la fiesta por quedarse a dormir y no sé si la señora regresó después. Solo sé que nada más quedaba acostarme y esperar por el siguiente trayecto: Taquile.

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